
Covadonga Cid
Llevamos ya un mes vivido en este año 2026. ¡Cómo pasa el tiempo! No voy a decir si rápido o despacio, eso depende de las circunstancias y experiencias de cada persona. Lo que sí puedo decir es que es un año especial para mí y, en concreto, para mi abuela, porque este año cumplirá 100 años y un mes después, yo cumpliré 30.
Cada vez que lo hablo con ella y se pone a pensarlo piensa: “¡cómo es esto posible!” Pienso en todo lo que ha vivido, desde una república hasta la democracia, pasando por una dictadura, la guerra civil y posguerra, atentados, pandemias, la emigración en su propia familia… ¡Cuánto ha cambiado su vida y su país en todo un siglo!
En muchas ocasiones pienso en el tiempo, en lo vivido en cada año, lo distintas que son las experiencias de cada uno. Tengo amigas que se han casado, que han tenido hijos, amigas que se independizan, otras que vuelven a casa o vidas como la mía, que son estables durante años pero que esperan grandes cambios. ¿Alguna está mal? Para nada, no nos podemos comparar, sino disfrutar de cada momento y experiencia, de aprender y crecer con las decisiones que tomamos y estando seguros de que Dios nos acompaña en cada una de ellas, sea la que sea. ¿Es posible que me equivoque? ¡Por supuesto! Sin embargo, es necesario elegir en el momento adecuado y aprendiendo durante todo el camino de la vida, porque este aprendizaje no acaba, continúa cada año y cada día que se vive.
Hace unos años me regalaron el libro Bailar con el tiempo de José María Olaizola, un libro que me acompañó en esos pensamientos, porque sentía que el tiempo se me escapaba, que igual iba tarde en la vida. Me ayudó a comprender que el tiempo no es algo que deba dominar, sino un espacio en el que puedo aprender a vivir con más calma y profundidad, que hay momentos para avanzar y otros para esperar.
Aprender a “bailar con el tiempo” significa, para mí, aceptar mis límites, reconciliarme con mis errores y confiar en que cada experiencia, incluso las más difíciles, tiene algo que enseñarme.













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