La biblia en griego

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

10 febrero 2026

Erudición fingida

Nací en una imprenta de la ciudad alemana de Leipzig. En mis páginas se imprimió la versión griega de los Evangelios. Cuando todavía olía a tinta fresca, me revelaron mi misión: ampliar los conocimientos de eclesiásticos eruditos.

Al principio me llené de orgullo. Con el paso de los años, descubrí que el exceso de sapiencia conduce a la soledad. ¡Hubiera dado parte de mi sabiduría por convertirme en una novela romántica de aquellas que fascinaban a las modistillas!

No obstante, tuve suerte. Me adquirió Don Bosco. Aunque transcurrían semanas sin que sus ojos acariciaran mis renglones, me animaba escuchar las voces alegres de sus muchachos. Porque él, sin dejar de estudiar la Sagrada Escritura, compartía su vida con los chicos del Oratorio.

Nunca olvidaré aquella mañana. Don Bosco había comenzado a publicar pequeños libros para los católicos: lenguaje popular, narraciones amenas, palabras que emocionan… Aquel día recibió a dos caballeros trajeados que decían ser pastores protestantes de la secta de los valdenses. Reían con sonrisa ficticia. Tras los saludos, sugirieron a Don Bosco que dejara de publicar Las Lecturas Católicas. Luego, debatieron temas religiosos. Don Bosco pensaba cada respuesta. Ellos repetían frases aprendidas de memoria.

De pronto, cuando menos lo esperaba, salió a relucir mi nombre: La biblia en griego. Me emocioné. Vibró hasta mi última letra. Aquellos dos hombres, al quedarse sin argumentos, habían recurrido a la versión griega de los evangelios. Y allí estaba yo, sinónimo de exactitud.

Don Bosco me tomó de la estantería y depositó en manos del pastor. Este me abrió con parsimonia. Pero… no pude transmitirle ni una pizca de mi sabiduría. Me sostenía del revés. ¡Horror! Mis letras hicieron un esfuerzo por no caer. Comencé a marearme al estar cabeza abajo. Se me hizo eterna aquella incómoda postura. Entre mareos, sentí la mirada desorientada de quien nunca había visto un texto escrito con caracteres griegos.

Cuando ya se me nublaba la vista, Don Bosco acudió en mi rescate. Me enderezó. Indicó al pastor la posición correcta para iniciar la lectura; una lectura que nunca tuvo lugar. Me rehíce. Respiré aliviada.

A continuación, escuché con preocupación los derroteros de la conversación. Porque, frustrado el intento de vencer a Don Bosco por el conocimiento, intentaron sobornarle con dinero. Agotada la vía económica, llegaron las amenazas físicas. Temí por Don Bosco…

Pero entonces, se abrió la puerta de la estancia. Aparecieron varios chicos mayores del Oratorio… Sin perder la compostura, indicaron “amablemente” a aquellos señores el camino hacia la calle.

Nota: 20/07/1853. Don Bosco debate temas religiosos con dos pastores protestantes (valdenses) que afirman que sus ideas se fundamentan en la versión griega de los evangelios. Don Bosco les entrega el Nuevo Testamento en griego. No consiguen leer el texto… porque su ignorancia era tal que habían tomado el libro del revés (MBe IV, 477-480).

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