No hay paz sin justicia

12 febrero 2026

Esta frase esconde una verdad incómoda que la historia humana ha demostrado una y otra vez: la paz verdadera no es simplemente la ausencia de violencia, sino la presencia de equidad.

Don Bosco tenía una intuición profunda: no se puede educar sin amar, pero tampoco se puede amar sin justicia. Para él, la caridad sin justicia era limosna; la justicia sin caridad era frialdad. Y ambas, separadas, no construían paz verdadera.

Valdocco. Un día, Don Bosco descubrió que uno de los jóvenes había robado pan. En lugar de expulsarlo o castigarlo duramente, investigó. El chico robaba porque su familia pasaba hambre. Don Bosco no ignoró el robo -eso hubiera sido injusto con los demás- pero tampoco castigó sin comprender la raíz. Le consiguió trabajo al padre del muchacho, aseguró comida para la familia, y el joven no solo no volvió a robar, sino que se convirtió en uno de los defensores más férreos de la honestidad en el oratorio.

Esa era la pedagogía salesiana de la paz: no imponer orden desde el miedo, sino construir justicia desde la comprensión.

La verdadera paz es imposible sin el ejercicio de la memoria. Pensemos en tantas injusticias de la macro historia, también en la intrahistoria personal que todos llevamos a cuestas.  Las personas heridas necesitan que se escuchen sus historias, que se nombren sus pérdidas, que se admitan los errores. Sin esa verdad, cualquier «paz» sería solo un silencio impuesto sobre heridas abiertas y cualquier sensación de calma es artificial, pues las fracturas siguen presentes bajo el peso de lo no dicho.

La tentación del poder siempre ha sido imponer «paz» a través del silencio: «dejemos el pasado atrás», «no remuevan heridas», «la reconciliación significa olvidar», “pasemos página”… Pero eso no es paz, es amnesia forzada. Es como vendar una herida infectada sin limpiarla primero.

No puede haber paz genuina mientras los agresores –y se puede agredir de muchas maneras –, se sientan vencedores, mientras se les pida a las víctimas que compartan la mesa con los ofensores como si nada hubiera pasado. La paz verdadera requiere nombrar lo sucedido, establecer límites, tal vez distancia, y ciertamente responsabilidad.

La justicia no siempre significa castigo. A veces significa reconocimiento, reparación. Pero siempre significa verdad. Porque una sociedad que construye su “paz” sobre la injusticia no enterrada sino simplemente escondida, construye sobre arena movediza.

Don Bosco decía algo revolucionario para su época: «En cada joven, incluso el más rebelde, hay un lugar para el bien». Esto no significaba ingenuidad porque la verdadera paz se construye cuando se atienden las causas de la injusticia, no solo sus síntomas.

Don Bosco mismo tuvo que enfrentar autoridades injustas. Cuando el gobierno quería usar a sus muchachos como carne de cañón en guerras, él se opuso. No con violencia, pero sí con firmeza. Su paz era activa, no pasiva. No era aguantar lo que sea, sino construir alternativas donde todos pudieran desarrollarse.

La paz salesiana es alegre, pero no ingenua. Y si ve venir al lobo, hace todo lo posible para que no haga estragos. No se enroca en discursos interminables y huecos. Actúa, actúa, actúa.

Lo sé. Luchar contras las causas injustas hace mucho daño y desgasta. No puedes defenderte sin parecer problemático, callar te quema por dentro y hablar te convierte en “difícil”. Es, en definitiva, la expulsión de lo distinto. Es una trampa clásica del sistema.

Y no se sale ganando. Solo se sobrevive… hasta que ya no puedes más. El tirano muere y su reino termina. El mártir muere y su reino comienza. Pero todo el dolor permitido, silenciado ¿no pudo haberse evitado? ¿quién responde ante ese sufrimiento permitido? Y te cansas.  No es fragilidad. Es dignidad herida.

David Lynch, uno de los directores más singulares y visionarios que ha dado el séptimo arte, fallecido recientemente, afirmaba: “Las ideas no son nada si no sabes dónde cortarlas”.

Muchos documentos, muchas reuniones, muchas revisiones para afrontar la injusticia, a veces la coartada perfecta para que todo siga igual. Es lo que nos impide cambiar una decisión después que la tomamos, aunque todo apunta a que lleva al desastre.  Es el refugio de los que afirman “siempre se ha hecho así”.

Es lo que lleva a las grandes instituciones al fracaso por una dirección que insiste en seguir con las mismas estrategias que lograron éxitos en el pasado pero que apuntan al naufragio mañana. Y un día descubres que el sistema ya no protege ese carisma, sino que lo administra.

O eres diferente o eres indiferente. Don Bosco escogió lo primero.

La paz sin justicia sería, en lenguaje salesiano, un patio de recreo donde solo algunos pueden jugar. Y eso, Don Bosco nunca lo hubiera permitido.

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