Los ‘Therians’

26 febrero 2026

El fenómeno de los therians, que hoy vemos en redes sociales y entre muchos jóvenes, no es simplemente una moda extraña o una excentricidad sin más. Es, en el fondo, una señal. Una señal de algo que el Evangelio de este domingo ilumina de forma sorprendente.

En el desierto, el diablo no le pide a Jesús que haga cosas malas en apariencia. Le pide algo mucho más sutil: que deje de vivir desde su verdad y empiece a construirse una identidad basada en lo que hace, en lo que siente o en lo que otros esperan.

«Si eres Hijo de Dios…»

Es la tentación de la identidad.

Es como decirle: “No te basta con ser. Tienes que demostrarlo. Tienes que convertirte en otra cosa. Tienes que redefinirte.”

Y eso mismo está ocurriendo hoy.

El fenómeno therian nace, muchas veces, de una desconexión profunda con la propia identidad. No es tanto un rechazo del cuerpo humano, sino una dificultad para habitarlo con sentido. Cuando un joven dice que se siente animal, no está hablando realmente de biología, está hablando de pertenencia, de refugio, de identidad, de encontrar un lugar donde sentirse coherente consigo mismo.

Porque el ser humano necesita saber quién es. Y cuando esa respuesta no está clara, empieza a buscarla donde sea.

El problema es que hoy hemos pasado de descubrir la identidad… a fabricarla. Hemos dejado de entender la identidad como un don, para verla como un proyecto personal completamente abierto. Y eso, que parece libertad, muchas veces se convierte en una carga insoportable. Porque tener que inventarse a uno mismo cada día es vivir en un desierto permanente.

Ahí está la conexión con el Evangelio.

Jesús está en el desierto, en el lugar de la fragilidad, del hambre, de la soledad. Y ahí aparece la tentación de dejar de ser quien es, para convertirse en otra cosa: en alguien que impresiona, en alguien que domina, en alguien que se construye a sí mismo al margen del Padre.

Pero Jesús se mantiene firme. No negocia su identidad. No la redefine. No la adapta a la tentación. Vive desde la certeza de ser Hijo.

Hoy muchos jóvenes viven en ese mismo desierto interior. Un desierto de referentes, de certezas, de sentido. Y en ese desierto aparecen identidades alternativas que ofrecen, al menos por un momento, una sensación de coherencia y pertenencia.

No debemos mirar este fenómeno con burla ni con desprecio, sino con compasión y lucidez. Porque detrás no hay rebeldía superficial, sino una sed profunda de saber quién soy.

La gran respuesta cristiana no es imponer una identidad desde fuera, sino anunciar una verdad desde dentro: tú no tienes que inventarte. Tú ya eres.

La Cuaresma es el tiempo para volver a esa verdad. Para escuchar, en medio de todos los ruidos y confusiones, la voz que Jesús nunca dejó de escuchar:

Tú eres mi hijo amado.

Y cuando uno descubre eso, el desierto deja de ser un lugar de pérdida… y se convierte en el lugar donde, por fin, uno se encuentra a sí mismo.

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