Vida consagrada

Aprendiendo a Vivir

12 marzo 2026

Arantxa Toledo

l

Explicar en clase lo que conlleva la vida consagrada a veces resulta complicado. Siempre habrá una respuesta final convincente.

“Seño, ¿por qué los curas y monjas no se casan?”, preguntó aquel pequeño de 9 años.

Mi respuesta siempre va en la línea de lo que significa ‘vida consagrada’. Cuando hacen esta pregunta, me paro a explicarles en qué consiste consagrar tu vida a Dios. Ponerlo en el centro de tu existencia y decidir, de forma consciente, que no habrá nada que te haga olvidar que Él está en el centro. Porque los cristianos sabemos que Él siempre está en el centro, aunque a veces se nos olvide.

Recuerdo que empecé a hablarle de los enormes sacrificios que conlleva la vida consagrada: obediencia, pobreza… Siempre tratando de hacer comparaciones con sus vidas, la suya y la de los otros veintiséis que escuchaban con atención. Que si no puedes dejarte llevar por deseos materiales, que si desaparecen los caprichos… Y enlacé con la alegría de saberse amados por Dios, con la felicidad que para las personas consagradas es tener clara su misión y vocación. Pero este niño no quedó convencido. “No sé, seño. No veo por qué eso no se puede hacer igual si estás casado”.

La cosa se ponía complicada, puse a volar mi mente buscando ejemplos y me devolvió uno muy obvio que procedí a explicar. “A ver, imagina que mamá o papá tienen una reunión de trabajo importante. Se arreglan para irse, están un poco nerviosos, pero han dedicado muchas horas a prepararla y tienen muchas ganas. De repente, tú te pones enfermo, tanto que necesitas ir al hospital y operarte de urgencia. Tus padres dejarán de ir a esa reunión porque tú, que eres lo más importante para ellos, necesitas de sus cuidados”.

“Pero, seño –no podía ser verdad, no había logrado convencerle–, ¿es que las monjas y curas no tienen familia? Digo padres o hermanos”.

Dudas profundas

El ejemplo de ponerse enfermo era extremo, como el niño dijo, puede pasarle a tu madre o tío y trastocar tu agenda también. Sin embargo, tener hijos, estar casado, afecta a nuestra vida, la mayoría de las veces sin trastocar la agenda. Y eso es, precisamente, lo que nos impide darnos al 100% a otra causa.

No son los acontecimientos extraordinarios, sino la sensación de no llegar a todo. Si doy más por mi vocación educadora, si dedico más tiempo a esto, disfruto de los frutos obtenidos por esa vida regalada. Pero cuando la balanza se inclina un poco más hacia ese lado, algo en casa se resiente. Y la culpa pesa, la sensación de no hacer lo correcto duele y el miedo a fallar aparece. Esa es la gran diferencia.

Expliqué esto a la clase con la sinceridad de la que fui capaz. Hablé de lo difícil que es querer estar a la altura y darlo todo, como las personas de vida consagrada, y tener que ponerte límites para cuidar de la familia que elegiste formar. A la que amas sin medida…

“Seño –dijo de nuevo con una sonrisa– tú, tranquila. Porque querer a tu familia también es querer mucho a Dios”. Nada más que añadir, Señoría.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

También te puede interesar…

A lo Escarlata O’Hara

A lo Escarlata O’Hara

Cuántos de nosotros habremos visto o leído Lo que el viento se llevó. Cómo olvidar a ese Clark Gable y a esa Vivien...

Teatro Salesiano

Teatro Salesiano

¿Qué es de una casa salesiana sin teatro? Las representaciones teatrales en nuestras casas buscan ser amenas y...

Normas de la casa

Normas de la casa

En el seno familiar, los hijos reciben un conjunto de normas que les instruyen de cara a la convivencia social. Esto ha sido así siempre. Pero, ahora, ¿en qué punto nos encontramos?