La olla de chocolate

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

7 abril 2026

Los apuros de “el chocolatero”

En mi larga vida no he tenido otra misión que la de preparar el chocolate en una afamada cafetería de Turín. Conozco el calor del fuego que ayuda a diluir el cacao en la leche. Me emociona ver cómo se abrazan la canela y el azúcar en mi vientre de barro. Me encanta contemplar ese líquido oscuro, espeso y brillante que es mi razón de ser.

Aquella mañana había un trasiego desacostumbrado en la cocina de la cafetería de la plaza La Consolata. Mi dueño se afanaba para tenerlo todo dispuesto. Cuando el chocolate estuvo en su punto, me retiró del fuego.

Sin perder tiempo, me trasladaron al cercano Oratorio de Don Bosco. Me depositaron sobre la mesa de una pequeña habitación. El vapor que ascendía desde mi interior inundó la estancia. Yo debía esperar. Estaba destinada a los chicos del coro que cantaban la solemne misa de san Luis Gonzaga.

No recuerdo si la espera fue larga. Lo que nunca olvidaré fue la mano que abrió sigilosamente la puerta. Tras ella, entró un chico de cabellos despeinados. Se acercó hasta la mesa donde yo reposaba. Se cercioró de estar solo. Con gesto apresurado, comenzó a engullir con ansiedad bollos untados en mi chocolate. Uno tras otro.

Comprendí su error. Mi boca de barro quiso avisarle: atiborrarse de bollos y chocolate trae malas consecuencias. Pero los pucheros no podemos gritar. Sentí cómo mi contenido menguaba hasta la mitad.

Cuando llegaron los cantores del coro, experimenté una pena inmensa. Tan solo pude ofrecerles medio vaso de mi deliciosa y espesa bebida. Un silencio incómodo me recomía por dentro. Tan solo yo sabía el motivo real de tan mermado desayuno.

Me hallaba en estas cavilaciones cuando alguien llamó urgentemente a Don Bosco. Agucé el oído: un muchacho del Oratorio se hallaba caído en un campo cercano. Sufría graves retortijones en su vientre. Angustiado, pedía confesión. El joven sacerdote salió apresurado para atender al chico enfermo.

Don Bosco regresó poco después. Sonreía. Con voz serena dijo a los muchachos del coro: “La glotonería es un feo vicio. Vengo de atender a un compañero vuestro que esta mañana ha tragado a toda prisa más de la mitad del desayuno que os había preparado”.

No sé si fue por burla o por hacer una gracia. El caso es que, antes de regresar a mi cafetería, escuché el mote que los cantores pusieron al glotón: “el chocolatero”. No se lo tomó a mal… Soportó el apodo durante algún tiempo; un breve periodo en comparación con los meses que estuvo sin que le apeteciera volver a probar el chocolate.

Nota: Junio de 1851. El Oratorio celebra la fiesta de San Luis Gonzaga y el onomástico de Don Bosco. Ha traído chocolate para premiar el esfuerzo de los cantores del coro. Durante la espera, un muchacho díscolo consume a hurtadillas chocolate y bollos sin mesura. Una hora después Don Bosco tendrá que atenderlo a causa de la indigestión. Este chico recibió como mote: “el chocolatero” (Mbe IV 356-357).

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