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María y el elefante blanco

Aprendiendo a Vivir

21 mayo 2026

Fernando García

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Un sueño de Don Bosco, contado a sus chicos en la Navidad de 1863, se hace actualidad. Con la ayuda de María, como en el sueño, vencemos a los “elefantes blancos” de estos tiempos.

En 1863, Don Bosco tuvo un sueño que conocemos con el título de “El elefante blanco”. Durante el sueño, Mamá Margarita que había muerto hacía seis años llamó a la puerta de la habitación de Don Bosco y le pidió que saliese al balcón para contemplar lo que estaba pasando en el patio durante el recreo. Un enorme elefante blanco, con apariencia de docilidad, se divertía correteando entre los jóvenes. Mientras algunos percibían el peligro y se alejaban de él, otros le acariciaban con toda confianza y le seguían por doquier.

Durante las oraciones en la Iglesia, el elefante se colocó en el fondo, arrodillado, pero de espaldas al altar y al salir de nuevo al patio se desató la tormenta. Aquel elefante, que al principio parecía tan manso, comenzó a arrojarse contra los jóvenes dando furiosos bramidos y agarrando por la trompa a los que estaban junto a él. Ocurrió entonces algo verdaderamente incalificable: ciertos jóvenes que no habían sufrido ningún daño, en lugar de ayudar a los heridos, hacían un pacto con el elefante para proporcionarle nuevas víctimas.

En ese momento, aquella estatuilla de la Virgen que estaba en una esquina del patio cobró vida y aumentó de tamaño, se convirtió en una persona de elevada estatura, levantó los brazos y abrió el manto, en el cual se veían bordadas con exquisito arte numerosas inscripciones. El manto alcanzó tales proporciones que llegó a cubrir a todos los que acudían a guarecerse bajo él: ¡allí todos estaban seguros!

¿Ahora hay elefantes blancos?

Basta con estos trazos para conocer el sueño narrado por Don Bosco y contado a sus jóvenes cuando les daba el aguinaldo navideño de 1863. Mucho tiempo después me pregunto si no seguirá habiendo elefantes blancos, que con apariencia de docilidad se acercan a los patios de nuestros hogares y de nuestras casas y causan heridas que son difíciles de sanar.

Pienso si no será verdad que la tecnología digital es el elefante blanco por antonomasia que se ha colado en nuestras vidas con apariencia de docilidad y está generando adicciones, individualismo y múltiples formas de vulnerabilidad. Tantos ruidos internos y externos generados por esta sociedad de consumo y esa cultura de la distracción que se ha normalizado en nuestra vida y que a la larga nos hace daño porque debilita la reflexión, la comunicación interpersonal y acaba por atrofiar el alma.

Y ante el ruido que nos aturde, el cansancio vital, la soledad emocional o la falta de referentes que escuchen y orienten en la vida, María quiere seguir siendo esa presencia discreta que crece ante las dificultades y extiende su manto para protegernos y acogernos. María, con sus múltiples advocaciones, es refugio seguro ante las tristezas del alma y las dificultades de la vida. Ella que guardó en su corazón todo lo que vivió junto a Jesús enjuga nuestras lágrimas, estimula nuestra alegría, nos acoge como a hijos.

Ella, y no el elefante, es la protagonista del sueño que Don Bosco narró a sus chicos porque el mal nunca prevalecerá. María crece ante las dificultades que se presentan en la vida para llevarnos a Dios, para tocarnos el corazón, para abrir de forma insospechada y a veces inexplicable, caminos de fe que parecían cerrados.

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