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El anillo del arzobispo

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

2 junio 2026

No todo fueron besos

Nací en el taller de un reconocido orfebre de Turín. Mi cuerpo es de plata. Sobre mi faz resplandece el Crismón. Enseguida supe que mi destino era permanecer en el dedo anular del arzobispo de mi diócesis. Cada vez que él bendice, celebra o escribe, yo le acompaño. Soy su anillo. Conozco sus desvelos y alegrías.

Nunca olvidaré aquel 29 de junio, festividad de san Pedro y san Pablo. Monseñor debía celebrar unas confirmaciones. Me imaginé ascendiendo por unas gradas de mármol veteado. Vidrieras polícromas. Nubecillas de incienso. Música de órgano creando una sinfonía de fervor.

Pero, una hora después, la carroza episcopal rodaba por un camino de tierra. El traqueteo convertía al carruaje en un vulgar carromato de mercancías. Cuando se detuvo, advertí que allí no había ningún templo. Apareció un joven sacerdote rodeado por centenares de muchachos. Vestían pobremente. Prorrumpieron en vítores y aplausos.

Aquella algarabía me pareció indecorosa. El arzobispo merecía gestos graves y reverencias rituales. Cuando entramos en la iglesia, mis conocimientos sobre catedrales, santuarios y parroquias… se vinieron abajo. ¡Aquello no era un templo! Era un pobre cobertizo convertido en capilla.

Moseñor Fransoni comenzó la misa. Cerca de él estaba Don Bosco. Para pronunciar el sermón, ¡hubo de quitarse la mitra porque tropezaba en el techo! Rieron los muchachos y sonrió él. Yo pensé en mis adentros: ¡Cuánta irreverencia!

Pero lo más insólito acaeció durante la comunión. Según una inveterada costumbre, cuando un fiel se acerca a comulgar, el arzobispo le da a besar su anillo antes de depositar la sagrada forma en su boca. Sentí sobre mi rostro de plata decenas de besos sinceros. Me reconfortaron.

En un momento dado le tocó el turno a un muchacho que sostenía su gorra de obrero con gestos nerviosos. Se arrodilló. El señor arzobispo me acercó hasta sus labios para que me besara. Pero, en lugar de notar su beso sobre mi cuerpo de plata, sentí cómo sus dientes me agarraban como si fueran unas tenazas. Forcejeó, moviendo su cabeza para intentar arrancarme del dedo de monseñor… Fueron segundos de angustia. Finalmente, me soltó. Respiré aliviado. Moseñor Fransoni pudo darle al fin la comunión. Observé a mi dueño. ¡Nunca le había visto sonreír mientras repartía la comunión!

Al concluir la celebración, Don Bosco excusó al muchacho: “Discúlpele, no siempre entienden bien lo que les explico”. Mi arzobispo, por toda respuesta me observó con mirada cómplice. Acercó mi cuerpo de anillo hasta sus labios y me dijo en voz baja: “De los sencillos es el reino de los cielos”. Nunca lo he olvidado.

Nota. 29 de junio de 1847. Monseñor Luis Fransoni celebra la misa y la confirmación en el Oratorio. Como era costumbre en la época, previamente a dar la sagrada forma, el arzobispo daba a besar su anillo a quien iba a recibir la comunión. Un muchacho confunde el anillo con la comunión. El arzobispo lo recordará siempre (Mbe III, 186).

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