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La Pulga

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

7 julio 2026

Una voz anticlerical

Soy un periódico. Salí a la calle por primera vez hace pocos meses. Mi existencia no se reduce a ser una resmilla de hojas impresas. He nacido para desenmascarar los mitos con los que la Iglesia oscurece el entendimiento de las gentes ignorantes. Llamea entre mis líneas una antorcha para iluminar un pasado oscurantista y retrógrado.

Alzo la bandera de la justicia frente a los insultantes privilegios del clero, que medra a costa del sudor del pueblo. Una idea aletea en mi corazón: la ley debe ser igual para todos, tanto para el campesino y el obrero, como para los obispos y el clero. Mi cabecera proclama mis intenciones: «La Pulga». Mis artículos son como las picaduras de una pulga sobre las mentes aletargadas.

No fue fácil mi nacimiento. Los clérigos me lanzaron anatemas. Los políticos intentaron apagar mi voz con censuras y trabas legales. Pero, aquí estoy.

No obstante, ayer viví una experiencia que resquebrajó mis convicciones.

Un joven albañil me llevó a un lugar desconocido para mí: el Oratorio de Don Bosco. Abrí mis ojos de papel entintado para otear el paisaje humano que bullía en aquel paraje. Enseguida lo percibí. Varias decenas de jóvenes aprendices residían en aquella casa que era su hogar. Les acogía un joven sacerdote llamado Don Bosco. Observé con perplejidad cómo aquel cura era para ellos mucho más que un eclesiástico. Compartía su vida. Les procuraba alimento, vestido y cultura. Trataba a todos con afecto. Una sonrisa perenne brotaba en sus labios. Les hablaba de un Dios que es bondad y misericordia. Les ofrecía un futuro cargado de oportunidades. Transformaba sus vidas. Era para ellos padre, maestro y amigo. ¡Cuán distinto era de los eclesiásticos que desfilaban a diario por mis páginas!

Pero aquella visión fue efímera. De pronto, el joven albañil me entregó a Don Bosco. Quería saber su opinión sobre mí. Él me tomó entre sus manos. Sus ojos recorrieron las líneas de mi editorial. Y, sin atender a más razones, urgió al joven albañil a que rasgara mis páginas en pedazos.

No tuve tiempo de suplicar. Las manos encallecidas del muchacho me desgarraron sin contemplaciones. Mientras decía adiós a este mundo, observé a Don Bosco. Aunque por su culpa estaban desmembrando mi cuerpo de papel, no sentí rencor. Experimenté cómo su mirada de esperanza alumbraba mis amargas oscuridades.

A modo de homenaje, prometí no zaherirlo nunca con mis cáusticos reportajes. ¡Cuánto hubiera cambiado mi vida de haberle conocido antes! Pero ya era demasiado tarde. Yo emprendía un viaje sin retorno.

Nota: Turín 1874. Nace el periódico anticlerical «La Pulga» (La Pulce). Sus páginas fustigan mordaz y satíricamente a políticos y eclesiásticos. Don Bosco, conocedor del sesgo anticlerical de esta publicación, mediará para que determinados asuntos no sufran el azote inmisericorde de este diario (MBe X, 1068. 1213).

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