Mientras escribo estas palabras, los poderosos de la Tierra compiten entre ellos para encontrar una salida al bloqueo de la economía que ha provocado el conflicto bélico en Oriente Medio. Su ejercicio del poder, en este nuevo orden mundial que se está construyendo por la vía de los hechos, contrasta con la búsqueda de la verdad y con el valor de la palabra dada.
Cuando salga este artículo del Boletín Salesiano, el jefe del estado más pequeño del planeta estará visitando España y cientos de miles de personas saldrán a encontrarse con él, precisamente porque su poder es muy diferente al de los poderosos de la Tierra. El papa León XIV vendrá a confirmar en la fe a los cristianos y a inspirar a toda persona que quiera escucharle como un referente espiritual que tiene en sus labios palabras de misericordia, de comunión y de paz.
En la cátedra de Pedro
No podemos olvidar que el poder de León XIV nació de una cruz y fue conferido a Pedro junto al mar de Galilea en aquella maravillosa escena en la que la triple negación y las lágrimas del remordimiento se sanaron con una promesa de amor ajustada a las posibilidades que Pedro podía dar. En un mundo donde tantas personas enmascaran sus heridas que les generan rabia o malestar, aquel encuentro de Pedro con Jesús nos enseña que el origen de la autoridad en la Iglesia nació de un encuentro con el Resucitado, que es el único capaz de perdonar las traiciones, enjugar las lágrimas de las amarguras de la vida y sanar con su confianza y su amor a quien lo necesita.
Esta experiencia personal de Pedro le permitió cumplir el mandato de Jesús de apacentar a sus corderos y esa es la misión con la que el Papa viene a nuestra tierra. ¡Cuánto necesita esta sociedad, el poder del Evangelio! Un poder que nace de la conversión, de la autenticidad de vida, de la autoridad moral, de la liberación de las máscaras que generan personajes y esconden a las verdaderas personas.
Es el poder que no se mide por la cantidad de oro o de plata que se tiene y que permite, en el nombre de Jesús, ser un rayo de luz y de esperanza para quienes están agarrotados en la vida y necesitan una mano amiga que los levante, los acompañe, los oriente y, llegado el momento, los suelte para que puedan caminar solos.
Este poder es el que hemos recibido los cristianos para sanar, para infundir esperanza con la fuerza de la fe, ya sea en un colegio, en un hospital, en un centro de menores, en un taller de formación profesional, en una residencia de ancianos o en una parroquia que genera espacios de encuentro y de comunión entre las personas.
“¿Pedro, me amas? ¡Apacienta a mis corderos!” Este es el poder con el que viene a España León XIV invitándonos a “alzar la mirada”. Este es el poder que tenemos los cristianos, por mucho que puedan fascinarnos, en ocasiones, otras maneras de ser prestigiosos e influyentes, otras formas de ser poderosos que a la larga acaban por dejarnos insatisfechos.




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