Tranquilos. Que el título no nos asuste. Hablar de contacto físico puede activar nuestras alarmas, pero qué importante es; sobre todo, en la familia.
El contacto físico suele estar rodeado de tabúes y prejuicios, asociado muchas veces exclusivamente al ámbito sexual, como si una caricia, un abrazo o una mano en el hombro pudieran resultar automáticamente sospechosos.
Pero, de bebés, es nuestro primer lenguaje: el contacto, la proximidad, el calor humano, los gestos. Antes de aprender a hablar ya nos comunicamos a través del cuerpo.
Aprendemos a hablar y el lenguaje verbal acaba ocupando la mayor parte de nuestras relaciones; pero las palabras no deberían eliminar nunca al lenguaje no verbal. Una mirada, el tono de voz, una sonrisa o un abrazo pueden transmitir mucho más que un discurso entero, sobre todo con los niños y adolescentes. Podemos transmitir emociones que las palabras no alcanzan.
Y dentro de la comunicación no verbal, el tacto es una de las formas menos utilizadas, a pesar de su enorme valor. Tocarnos y ser tocados no es sólo agradable: es una necesidad. A través de ese contacto físico los seres humanos vamos construyendo nuestra autoestima, seguridad y capacidad de relación.
¿Y en casa qué?
Pero, ¿qué nos suele pasar en casa? A medida que nuestros hijos e hijas crecen se van reduciendo los achuchones y estas muestras de afecto. Sobre todo, a los adolescentes les chirrían, hasta huyen de ellas y los adultos muchas veces acabamos eliminando poco a poco el contacto físico de nuestro repertorio cotidiano.
Sin embargo, tocar y dejarnos tocar de manera respetuosa sigue siendo una forma fundamental de acompañar y de expresar afecto, cercanía y comprensión y reforzar aquello que también expresamos con palabras o no sabemos cómo hacerlo.
Ya, poniéndonos técnicos, podemos decir que el tacto puede activar endorfinas relacionadas con el bienestar. Los estudios señalan que las personas que han crecido con pocas muestras físicas de afecto pueden tener más dificultad para expresar emociones o sentirse cómodas con la cercanía corporal o al recibir cariño.
Por eso, conviene aprovechar el valor de esos pequeños gestos cotidianos con los nuestros: un abrazo, una caricia, una mano en el hombro, un abrazo… aunque se proteste, ¿quién no lo agradece? Siempre desde el respeto a los límites de cada cual, atendiendo a cómo se recibe ese contacto; sin avasallar (quién no se acuerda de aquella tía que te agarraba el moflete y…).
Pues eso, sigamos tocándonos cada vez más y mejor. Porque, como bien todos nosotros sabemos, necesitamos darnos cuenta de que se nos quiere y además no sólo necesitamos saber que somos queridos; también necesitamos sentirlo. El corazón también habla a través de la piel.




0 comentarios