“Decrecimiento digital”, no sé si conocías ya este término. Es interesante. Investigadores como Neil Selwyn nos proponen hacer una reflexión sobre la creciente dependencia de lo digital en nuestra vida cotidiana.
Lejos de plantear un rechazo absoluto de la tecnología, nos invitan a reconsiderar su uso desde criterios de sostenibilidad, bienestar y equilibrio social. En el ámbito familiar, este decrecimiento adquiere una relevancia especial, ya que pantallas, dispositivos móviles y la conectividad permanente han transformado profundamente las relaciones entre padres, hijos y otros miembros del hogar.
En los últimos años, la tecnología ha facilitado múltiples aspectos de la vida familiar. Las aplicaciones de mensajería nos permiten un contacto constante, las plataformas educativas amplían las oportunidades de aprendizaje y los recursos digitales ofrecen nuevas formas de entretenimiento. Sin embargo, también ha generado otros efectos. La presencia continua de dispositivos puede reducir los momentos de interacción cara a cara, dificultar la comunicación familiar y favorecer dinámicas de aislamiento dentro del propio hogar.
Consumo tecnológico
El decrecimiento digital propone recuperar espacios de convivencia que no estén mediados por pantallas. No se trata de eliminar la tecnología, sino utilizarla de forma más consciente y limitada. En muchas familias, por ejemplo, establecer momentos libres de dispositivos durante las comidas o antes de dormir puede favorecer la conversación, la escucha activa y el fortalecimiento de los vínculos afectivos, creando entornos donde la atención se centre en las personas y no en las notificaciones o contenidos digitales.
Otro aspecto relevante es el impacto de la tecnología en la infancia y adolescencia. Numerosos estudios indican que la exposición excesiva a pantallas puede afectar la calidad del sueño, la concentración y el desarrollo de habilidades sociales. Desde la perspectiva de decrecimiento digital, las familias tenemos la oportunidad de promover actividades alternativas que fomenten creatividad, juego libre, lectura, deporte y contacto con la naturaleza. Estas experiencias contribuyen al desarrollo integral de niños y jóvenes y fortalecen nuestras relaciones familiares.
Además, el decrecimiento digital invita a reflexionar sobre el consumo tecnológico. La renovación constante de dispositivos responde, en gran medida, a una lógica de mercado basada en el consumo acelerado. Adoptar hábitos más sostenibles: prolongar la vida útil de equipos o evitar compras innecesarias, no solo beneficia al medio ambiente, sino transmite también valores de responsabilidad y consumo consciente a las nuevas generaciones.
En definitiva, el decrecimiento digital nos ofrece una oportunidad para repensar el lugar que ocupa la tecnología en nuestra vida familiar. Su objetivo no es volver al pasado ni renunciar a los beneficios del progreso, sino construir una relación más equilibrada con las herramientas digitales. Al priorizar la comunicación, la presencia compartida y el bienestar de las personas, las familias pueden encontrar nuevas formas de convivencia que favorezcan tanto el desarrollo humano como la sostenibilidad social y ambiental.
En estas fechas estamos en el momento oportuno para pensarlo. Este verano y el curso que viene… ¿Decrecemos?




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