
Mayca Crespo
El verano, las vacaciones o simplemente esos momentos en los que el ritmo baja un poco, pueden ser una gran oportunidad para hacer algo que muchas veces dejamos siempre para el final: cuidarnos.
Vivimos priorizando todo y a todos. El trabajo, la casa, los niños, los compromisos… Y cuando por fin llega nuestro turno, resulta que ya no queda tiempo, ni energía, ni ganas.
Pero hay algo importante que a veces olvidamos: Si nosotros no estamos bien, es muy probable que eso también termine afectando a quienes más queremos.
Siempre me viene a la cabeza la misma imagen. Cuando viajas en avión, antes de despegar te explican que, si fuera necesario, primero debes ponerte tú la mascarilla de oxígeno y después ayudar a los demás.
La primera vez que lo escuchas, sobre todo si viajas con tus hijos, piensas: «¿Cómo voy a ponérmela yo antes que ellos?».
Y, sin embargo, tiene todo el sentido. Si tú no puedes respirar, no podrás ayudar a nadie.
En la vida pasa exactamente lo mismo.
Cuidarte no es un acto egoísta. Al contrario, es un acto de amor y de generosidad. Porque cuando tú estás bien, tienes más paciencia, más serenidad, más alegría y mucho más que ofrecer a las personas que quieres.
Y cuidarte no es solo descansar o hacer aquello que te gusta. También es regalarte momentos de silencio, de paz y de oración. Momentos para reflexionar y para hablar con Dios, para escucharle, para darle gracias, para poner en sus manos lo que llevas en el corazón.
A veces pensamos que ya rezaremos cuando tengamos un rato… pero ese rato, por sí solo casi nunca llega. Quizá este verano sea una buena oportunidad para recuperar esos momentos de encuentro con Dios y volver a ponerlo en el centro de nuestra vida.
Porque cuando cultivamos nuestra vida interior, también cambia la forma en la que miramos, vivimos y cuidamos a los demás.
No puedes dar paz si has perdido la tuya. Y no puedes transmitir el amor de Dios si no te dejas amar primero por Él.














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