
Begoña Rodríguez
La cultura del cuidado va abriéndose paso como una grieta que resquebraja el árido suelo de una vida vivida en permanente alerta. Abre la tierra despacio, buscando agua, aire y las expertas manos del labrador que haga brotar algo nuevo que no agoste el sol ni arranque el viento. Cuidarse no debería ser un lujo, sino una necesidad cubierta para poder vivir en plenitud. No es un acto egoísta. Al contrario, quien aprende a cuidarse está en mejores condiciones de cuidar a los demás. El cuidado, vivido como propósito mayor, lo sitúa en la esfera de lo irrenunciable porque se sostiene en el amor a uno mismo y al prójimo.
Padres y madres que se cuidan para no sobreproteger y ofrecer a sus hijos lo mejor de sí mismos. El fruto será una vida centrada en la familia, en el hogar que se construye con personas que cultivan su propia vida interior para poder entregarse a los demás. Por el contrario, descuidarse, y descuidar las relaciones familiares, es ir secando la planta desde sus raíces y privarla de toda su potencial hermosura.
Una madre se cuida cuando entiende que, si se deja marchitar, difícilmente podrá sostener a los demás. Lejos de estar reñido con la entrega, el autocuidado lo hace posible. Sin salud física o mental no podemos cuidar ni tampoco llevar a cabo el proyecto de vida que es la familia. No se trata de tirar del carro (en soledad y al borde de la extenuación) sino de liderar con exigencia y cariño para que todos empujen en la misma dirección y se tomen los descansos oportunos.
Un educador se cuida porque la educación es una carrera de fondo, que nos exige presencia, equilibrio y una renovación constante en las aulas. Solo así podemos despertar la vocación en los otros y transmitir, con pasión y esperanza, que cada uno tenemos un lugar en el mundo. Son necesarios los límites, las prioridades y conocer la enorme diferencia entre lo urgente y lo importante.
Todo cuidado responde a un propósito. Se cultiva con paciencia, quizá la virtud más revolucionaria de nuestro tiempo. Cuando el «para qué» está claro, el «cómo» encuentra su camino.
Y entonces la pregunta deja de ser si te cuidas o no. La verdadera pregunta es: ¿para quién te cuidas?














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