Barrio sevillano de Las Tres Mil Viviendas, una de las zonas más deprimidas de la capital hispalense, María Moses, mujer nigeriana, cocinera y madre de cuatro hijos, ha visto como el fuego devoraba su casa el pasado 20 de marzo.
Ella, buena feligresa de la parroquia salesiana Jesús Obrero, no ha perdido la sonrisa: el padre Sergio Codera, párroco y director de la casa salesiana, @sercode para los muchos amigos y seguidores digitales que tiene, ha organizado la solidaridad mediante un pequeño ejército de voluntarios para limpiar la vivienda, quitar el hollín y coordinar las ayudas: la parroquia, Cáritas, el centro juvenil El Cotarro y más gente se han sumado para ayudar; “también han estado limpiando jóvenes a los que estamos ayudando en pisos de acogida y otros voluntarios”, afirma Codera.
Es un buen ejemplo, pero uno entre tantos; puede no ser el más llamativo, pero es valioso en sí mismo. En este momento me vienen a la memoria tantos voluntarios jóvenes de movimientos y grupos cristianos participando en campamentos bajo un solo canicular, animando los oratorios y casales de verano en barrios de ciudades como Ciutadella, en clases de refuerzo o alfabetización y, los más preparados y convencidos, tomando parte en experiencias de voluntariado internacional solidario y misionero en varios países de América Latina e incluso de África. Y todo mi respeto, faltaría más, por otros tantos jóvenes voluntarios en entidades laicas que dan lo mejor de sí mismos para ayudar la gente.
No quiero olvidarme de los miles de voluntarios y voluntarias que se dejaron la piel para que el inolvidable viaje apostólico del papa León fuera también un éxito de primer nivel en cuanto al orden y la organización.
Hace ya unos cuántos años, un buen amigo mío, LuisMi, entonces joven periodista y profesor en Valencia, me comentaba su experiencia de voluntariado salesiano en el barrio del Bronx, en Nueva York, trabajando junto a la comunidad salesiana de aquel lugar, con jóvenes y adolescentes en situación de riesgo. Y me confesaba a la vez su extrañeza porque había escuchado en más de una ocasión en aquel barrio la extrañeza de hacer todos estos trabajos educativos de una forma desinteresada y absolutamente gratuita, dedicando además una buena parte de sus vacaciones de verano. Aquella extrañeza dejaba bien patente una mentalidad mercantilista neoliberal que, con los años, hemos comprobado cómo ha ido a peor en muchos lugares.
Pero la realidad del voluntariado juvenil cristiano y también laico es una semilla de esperanza. ¡Lejos de mí hacer política de campanario! Hay miles de jóvenes que dedican parte de su ocio a educar y dedicar tiempo a niños, muchachos y jóvenes, y otros que también ayudan en residencias de gente mayor, acompañando a personas que sufren la soledad, participando en campos de trabajo o dejándose la piel cuidando la naturaleza y -triste realidad actual- luchando contra el fuego junto a profesionales competentes.
“Los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad”, decía el papa León a los voluntarios y voluntarias que ofrecieron su servicio “por amor al Señor, a la Iglesia y al papa”, en un acto de agradecimiento que tuvo lugar el pasado 9 de junio en el madrileño pabellón de IFEMA. “Cada uno de vosotros ha dado lo que ha podido, entregando corazón, manos, ideas, talentos y sonrisas; que Dios os lo pague”, concluía el papa.
El trabajo de tantos y tantos voluntarios cristianos en las más diversas circunstancias es signo del Reino de Dios que está llegando y lo es por un aspecto esencial: la gratuidad, “una levadura que hace crecer la calidad humana, ética y espiritual de la sociedad, viviendo según la lógica más verdadera de un crecimiento humano integral”, dijo el papa en aquella alocución.
El voluntariado cristiano forja un estilo de vida, una forma de pensar y comportarse que es la del Evangelio. Y un rasgo esencial de este estilo es la gratuidad.
Sin duda, donde haya un voluntario o una voluntaria en acción, allí habrá esperanza.




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