Atrapados

Fue la noticia de más alcance que se produjo a finales de junio y comienzos de julio. Doce chicos tailandeses, acompañados por su entrenador de futbol, se internaron de excursión en una cueva. Durante su travesía, unas fuertes lluvias inundaron las galerías y quedaron atrapados a 600 metros de profundidad y a 5 kilómetros de la salida. Nueve días más tarde un equipo de rescate los encuentra y comienza una laboriosísima y solidaria operación de rescate que culminó con éxito ocho días más tarde. Esta situación logró acaparar la atención internacional y de los principales líderes mundiales.

Son muchas las consideraciones que este hecho ha producido y produce en  toda persona bien nacida, se me ocurren algunas. En primer lugar los chicos atrapados en la cueva con frío, hambre, deshidratación, durante 8 días, hasta que los descubrió un buzo británico. Dos valores resaltaría en ellos, gratitud y resiliencia. “Gracias”, fue la primera palabra que dijeron al buzo que les localizó. Y resiliencia, esa capacidad de los chicos para afrontar los problemas que se les presentaron en esa situación tan extrema.

El entrenador, de 25 años es huérfano desde los 10, estuvo internado en un monasterio budista como novicio hasta los 21 años para sobrevivir. A pesar de colgar la túnica azafrán, siguió viviendo en un templo donde ayudaba a los monjes como modo de supervivencia y formó este equipo de futbol, “los Jabalíes Salvajes”. Su ilusión que fueran fuertes física y mentalmente y que se divirtieran.  Racionó su comida, dándoles su parte y les enseñó a ahorrar sus fuerzas y a calmarse meditando. Con humildad insiste, “no soy un héroe solo hice lo que debía”.

Los 18 buzos, ejemplo de entrega y solidaridad internacional, 5 eran tailandeses y 13 eran de otras nacionalidades, hasta había un español. Uno de ellos, de la marina tailandesa murió mientras llevaba oxígeno a los chicos.  Y es que cada viaje de ida y vuelta para llevar oxígeno, comida y ropa les llevaba 11 horas. Quedaban exhaustos. Quiero resaltar la participación un médico australiano, también reconocido por su experiencia como buceador en cuevas, que estaba de vacaciones en el país, pero eso no le importó y  se sumó a las tareas de rescate. Estuvo tres días junto a los niños en la cueva y al salir se enteró que su padre había fallecido.

Este hecho ha sacado a flote lo mejor del ser humano la solidaridad y la generosidad ante la desgracia de otros seres humanos y nos consuela de tanta violencia como vivimos a veces o se nos trasmite en los medios de comunicación. En  nuestro recuerdo y oración la martirizada Nicaragua.

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