A RAS DEL SUELO

De andar y pensar   |   Paco de Coro

2 agosto 2023

Por el Paseo del Prado

 

  1. Mezclas

Me pregunto en qué momento estoy.

¿Soy un obrero de la palabra?

Estoy muy a menudo sentado, consumo aquí los pantalones.

Me los ajusto de vez en cuando en las ingles.

Cómo soy ahora, me pregunto, y espero la respuesta,

medio en broma medio en serio,

de que teniendo una altura normal,

me he reducido,

–enjuto– dice Diego Toledano,

estoy demasiado a ras del suelo.

Me acabo de sentar en la primera parada de autobuses.

Enfrente el Hotel Mediodía de siempre.

Detrás el Botánico: jardín de tierra fértil.

Tiene el agua por debajo. Haces un agujero y sale.

Me río.

Por fin, pienso, y noto cómo se me ensancha a los lados

mi boca y me brilla entre los dientes la lengua y me pica la nariz

al asomarme a mi risa.

Fue anteayer por la mañana, viernes.

– ¿Tienes hora? –dice una chica de unos trece años.

Le acompaña un chavalito de unos nueve.

Miro el reloj.

– Son las 11 y 10 –digo.

Mientras lo miro, explota adrede sobre mi cabeza un globo lleno de agua.

Me pone perdido.

– Viejo, gilipollas, jajaja.

Salen corriendo.

Intento levantarme. Lo hago. En vano.

Entiendo poco de mí mismo: sin vergüenza me vuelvo a sentar y me ajusto los pantalones del chándal y me pregunto por qué.

Llevo el paso del tiempo en la cara. O sea.

La voz de los chicos, sin escuela y sin despensa, se desploma dentro de los sueños de un cura católico, donde se implantan las canciones de cuna de mi abuela y las de Lucien Deiss de la reforma litúrgica del Vaticano II.

No te olvides que fui tenor primero en los discos grabados por PPC en Salamanca (1968).

¿Recuerdas: “Hija de Sión, alégrate”, “Un solo Señor, una sola fe…”.

Por el deje: los chiquillos eran rumanos.

Son los príncipes de la inmigración y las mezclas.

Yo también soy príncipe por mezclas.

De noche siento nostalgia granadina y toledana.

Pero ¡ay!, nací en Lavapiés:

Suma de judíos, árabes y visigodos.

 

  1. El empujón

Recorro mi Paseo del Prado, a pie y solo.

Soy uno más de estos “mares” madrileños,

–lago de la Casa Campo, embalse de El Retiro,

donde se ahogó mi abuelo Alejandro de Coro–

que tienen tormentas repentinas,

no son resabidos como el Atlántico,

ni son previsibles como el Mediterráneo,

así que le cojo las vueltas

a cualquier tiempo que vuelva.

En el espejo del Paseo

siento un escalofrío judío,

al acercarme a las cuatro fuentecillas de Ventura Rodríguez.

¿Lo recuerdas bien o inventas? –me pregunto.

Qué fuerte fue el momento.

Caminaba por el borde de la acera,

quise dejarla libre

para que un grupo de colegiales “teenegers”

–forrados de uniformes azules con escudo–

pasearan a la brava.

Quedan tres rezagados

sobre el límite

y me empujan al carril del taxi,

donde me caigo.

“Empujón de matarifes”.

Salen a todo correr y desaparecen

engullidos por el grupo confesional. Lo siento.

Yo cosecho de los sentidos, ¿sabes?

Necesitaba manos para levantarme.

Siento en la palma de la mano

el cosquilleo de algún alumno

que excava en las margas peladas

del Ocejón, El Tornera, El Centenera, la Sierra de Ayllón:

San del Cozar, Dani Batanero, Carlos Pouso, Isi Aragonés, LuisFran Guijarro…

Y salto como un muelle.

“Es un brinco que hace huir a los demonios” –digo.

Me siento cerca sobre los bordes de una de las fuentecillas.

Me sosiego.

Pasan los coches por el carril de taxis.

A toda velocidad.

Se necesitan las manos de los chicos de Don Bosco,

para seguir viviendo

y escribiendo.

 

  1. Domingo distinto

Es domingo. Nueve de julio.

Pasadas las cuatro fuentecillas, me siento en la primera parada.

Inmediato y desinteresado, me pongo a pensar.

El futuro anda suelto por el Prado.

Enfrente el Ministerio de Sanidad,

detrás el Museo del Prado

Quiero ver si casan dos pedazos de tiempo:

el franquismo invasivo y retador,

la Ilustración, pan fresco y abundante.

Llega derecha, desde hace veinte años,

Pilar Alcaide, mi secretaria en Sanidad Madrid,

una distancia

que en ambos parece el tiempo mismo

de un viaje en tranvía. De los de posguerra.

quiere saber de mí.

Bajo la piel añeja

siento mi rostro de antes

de cambiar el mundo,

y noto que su pasta sigue siendo buena

para todo.

Le voy a decir que debo llevar

al chico de posguerra…

Cuando un pequeñajo se sienta a mi lado.

– ¿Cómo te llamas? –me dice.

– Paco.

– ¡Como el tío Paco! –añade su padre, desde el carrito vacío, abajo en la calzada.

– Le gusta charlar con todo el mundo –dice.

– Isi… y sale corriendo.

– ¿Isi de Isidro?

– Isi de Isidoro, como yo, su padre.

– ¡Vaya joya que tiene usted. Enhorabuena!

Isi chico corretea alrededor de las fuentecillas.

– Buen domingo, señor.

Me levanto.

Me balanceo como una rama de otoño, pierdo hojas.

El suelo está lleno de “pan y quesillo”

–esa flor de la falsa acacia que comíamos en posguerra–.

Acabo de recoger el premio a mi mansedumbre

con los rumanos

y con los garzones del colegio de pago.

Agarro el bastón y me marcho, tranquilo, espléndido,

sin una sola palabra.

Le digo al Alcaide

que, en definitiva: no soy yo.

– Si no eres tú –dice– nunca has sido tú.

Aplastada la Consejería de Sanidad en el recuerdo

en el edificio Matesanz de Gran Vía 15

llena mi maleta de vacíos,

desafío la ley del ocaso.

 

  1. El timo

Vivir en Madrid, y en Lavapiés,

es un intento de desafío,

pero sobre todo,

un intento de

Cortilandia emocional y disfuncional.

El asunto es que vuelvo enojado,

después de un mitin desabrido

en una sociedad que escoge la violencia

–física, verbal, anímica–

como herramientas de combate.

¡Qué desnutridos años 20 vivimos!

De vuelta a casa, a través del Prado,

me dirijo hacia calle Atocha.

La cruzo por el paso de peatones.

Rapidísimo.

Tomo la plaza de Juan Goitisolo ahora.

Me sale al encuentro un señor de mediana edad.

– ¡Don Francisco!

– (…)

– ¿No se acuerda de mí?

– ¡Guadalajara!

– Familia Sánchez… Mi madre no para de hablar de usted.

Siento el impulso de irme.

– ¿Usted dirá? Sánchez, conozco cientos.

Impávido y vegetal, no me sale ningún gesto.

– Disculpe que esta mañana le hayamos despertado.

– Estamos enfrente de su casa terminando obras.

– Una de las profes en Salesianos Guada se llama Carmen Sánchez.

– Mi tía, hermana de mi madre. ¡Cómo le quiere!

Permanezco desconcertado…

– Hablamos con frecuencia de sus libros.

– ¡Cómo nos quiere!

No sé responder.

– Voy a reservar comida para los seis obreros aquí en “Sanabria”.

“Quieto Paco, quieto” –me digo.

– El caso es que no me llega.

Me enseña unos treinta euros.

Nunca había estado tan cerca de un timo.

– El caso es que no sé lo que llevo –digo.

– (…)

– Acabo de comprar el libro “La Felipa”.

Y se lo enseño.

Lo coge.

– Una grande.

Hurgo en la mariconera.

– Voy a necesitar 37 euros.

– Llevo un billete de 20.

Y se lo doy.

– Espere, en monedas 10.

Y se las doy.

– Cuando estrenemos casa en Marqués de la Valdavia, ya sabe dónde nos tiene.

– Buen provecho en “Sanabria”.

– Nos vemos, nos vemos.

– Salúdeme a los Rebollo, los del 103.

No me sirve de nada una respuesta.

Todo han sido palabras de rebote para timarme.

Desabrida esta sociedad

a ras del suelo

como decirlo: desaprensiva.

Y no conviene, pero me parece a mí,

llorar demasiado por la obviedad.

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