Católicos en el mundo

28 octubre 2022

Tomando prestado el nombre del conocido programa que muchas televisiones han llevado a su programación (“Españoles en el mundo” … y catalanes, andaluces o valencianos), la reciente publicación del número de católicos en el mundo por parte de la Agencia Fides, merece alguna reflexión para no perderse en los resultados de la estadística, cerrada a 31 de diciembre de 2020.

No tengo la seguridad sobre cómo se obtienen esas cifras que se cuentan hasta en millones, pero sí recuerdo que cuando era párroco en Las Palmas, cada año me llegaba del obispado un díptico en el que debía plasmar los datos numéricos de la parroquia: cuántos bautizos, primeras comuniones, catequistas y grupos. Es de suponer que las diócesis de todo el mundo hayan hecho los deberes y hayan suministrado a la Santa Sede el resultado de este peculiar censo eclesial. Recordemos esto para no lanzar las campanas al vuelo ni improvisar funerales, nunca mejor dicho.

El informe de Fides nos dice que el número de católicos ha aumentado en 2020, en algo más de 15 millones de fieles, siendo el total de 1.369.612.000 de personas, un 17,73 por ciento de la población mundial. Y nos revela también que, respecto a la totalidad de la población del planeta, el porcentaje mundial de católicos permanece casi invariable, con una disminución nimia. Se registran aumentos de más de cinco millones en África y América, seguidas por Asia, con cerca de tres millones y un incremento, para mí significativo, de 734.000 católicos en nuestro continente europeo, que pasa por ser actualmente no solo “el viejo” sino el más descreído; sin embargo, ahí parece encenderse una lucecita. En Francia, por ejemplo, hace años que aumentan los bautismos de adultos.

Sé muy bien que la salud de la Iglesia no se mide en cifras, pero los números ayudan a perfilar mejor un mapamundi del catolicismo y ofrecen un baño de realidad.

Prosigamos: a los 20 años del siglo XXI, el número de habitantes y de católicos por sacerdote ha aumentado en más de 68 unidades; en el mismo periodo, la curva que representa el número de sacerdotes en el mundo ha disminuido en 4.117, quedándose en un total de 410.219. Los diáconos permanentes han aumentado en 397, para un total de 48.635. Y el panorama en los seminarios no es para sacar pecho: los seminaristas mayores diocesanos y religiosos han disminuido en 2.203 para quedarse en 111.855, con especial caída de los religiosos y solo un aumento apreciable en África.

Pero la Iglesia no la forman solo los obispos, los sacerdotes o los religiosas y religiosas; en la dimensión misionera de la Iglesia, los catequistas laicos juegan un papel sustancial. Y han disminuido: al final de 2020 eran 190.985 menos, sobre un total de 2.833.049.

En una Iglesia sinodal, como impulsa el papa Francisco, la autorreferencialidad no es el camino adecuado para entender la urgencia de la misión; conocer el número de católicos -con toda la ambigüedad que encierra ese concepto- es necesario, pero no decisivo. Una Iglesia en salida es la comunidad cristiana que sale al encuentro de la gente, en especial de los más necesitados, y lo hace a todos los niveles: universal, diocesano, parroquial, local y hasta personal en cada cristiano comprometido.

“Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar solo por confines seguros”, afirma el papa Francisco en su Exhortación apostólica “Gaudete et exsultate”. El empuje evangelizador de llevar a Jesucristo a todos los confines del mundo y a todos los ambientes -sin proselitismo, por supuesto- implica audacia, entusiasmo, diálogo en libertad, fervor apostólico y una existencia abierta y disponible para Dios y para los demás.

Jesús en el evangelio no prometió a sus discípulos ser masa ni ser alimento, sino ser levadura y ser sal que dé sabor al conjunto, es decir: que dinamice, que mejore, que enriquezca en los valores del proyecto del Reino. Eso es fundamental para la Iglesia en el mundo. El número de católicos es significativo, pero si estos no se adelantan, involucran, acompañan, fructifican y festejan, la Iglesia en su conjunto tendría razones para volverse quejosa y alarmista. Y ese sería un grave error que en pleno siglo XXI no nos podemos permitir, seamos muchos o pocos.

Josep Lluís Burguera.

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