COMO UNA TORTUGA EN SU CAPARAZÓN

De andar y pensar   |   Paco de Coro

13 julio 2022

Premio ensayo Ciudad de Irún 1979

Amigo Javier:

Y me volví a presentar al premio “Ciudad de Irún 1979”… y lo volví a ganar. Parte del año 78 y el 79 y tiempos no tan perdidos del 77 viví como una tortuga en su caparazón, seguido desde Madrid por Cosme Robredo, Aureliano Laguna, Jesús Guerra…

Me repongo de la aventura archivística en Murcia y Cartagena, donde fue a parar el primer obispo de Vitoria, Diego Mariano Alguacil y Rodríguez, antes de fallecer, eje vertebral de mi tesis doctoral, y vuelvo con sus datos al País Vasco a cazar carlistas, liberales, voluntarios de la Libertad, voluntarios de la República y curas trabucaires –tantos– en las montañas de Guipuzkoa, Vizcaya, Navarra y hasta El Maestrazgo, sin dejar de consultar los archivos del obispado de Urgel y hasta de Vic y Tarragona.

– Archivos menores, señor doctorando –dijeron “los cátedros” en la defensa de tesis.

– ¿Y los veinticinco de los conventos de clausura?

– Menores, menores… pero hombre… y se auto cita además.

– Señor de Coro, carga usted con un copioso equipaje cultural.

– Destaca por su inteligencia y curiosidad, pero necesita usted matizar más a fondo la sociedad vasca.

– Se pone usted de su parte. De una parte y claro…

– Tiene usted la cara llena de ojos poco claros y limpios.

– Parto del documento, señor.

– Pero lo adultera.

– Lo contrasto con otros y otros. Y de archivo.

– Su forma de escribir le resta veracidad.

– Le da libertad.

– ¿Proviene usted de la Gregoriana?

– Claro, sino no estaría convalidando aquí y por libre.

– Los jesuitas. Esos.

– Señor equis, yo vengo a defender aquí mi doctorado. La Historia, mi historia, no es una manera de huir con las palabras a ningún lugar, sino de entrar a saco en el ahora, en esto mismo de hoy, para explicar qué sucedió o qué sucede por caminos distintos.

– Señor presidente del tribunal, le ruego que el doctorando, señor de Coro, no se dirija nunca a mí, sino a usted o al tribunal in solidum.

Desde entonces y aún antes empecé a escribir a mi manera, sin peajes de nadie, reconciliando el relato con la vida (con mi vida, cuando sea posible), amplificando la conciencia del mundo en general y del vasco en particular, jugando con él, peinándolo, manteniéndolo encendido, escupiéndole si es preciso y defendiéndole con el documento en la mano; y así dando solera y contorno al presente, al ahora, sin escapismos.

Amigo Javier, no fui nunca traidor a mi patria, mi única patria, “que es la palabra”, en el diálogo, en el libro, en el poema, en la homilía, en el silencio. Como una tortuga en su caparazón.

Total, que perdido un poco en la vida incandescente del tribunal doctorando, me refugié en el “Ciudad de Irún 1979”, al que me presenté también por libre y con seudónimo: Guipúzcoa en la democracia revolucionaria (1868-1876). Génesis de nacionalismo vasco, escrito por “Azkoitia”.

Vuelvo a tener delante de mí a las cien gaviotas volando sobre el agua de La Concha, sobre el pulso de la luz indecisa del Hotel Londres e Inglaterra, y el rumor del siglo XIX devastado, porque la vida es sólo eso, paso y ventana.

Si en el año anterior 1978 me acompañaron a recoger el “Castillo 78”, un buen grupo de bachilleres de Salesianos El Paseo de Madrid: Fonso, Nacho, Madera, Sebas, César, Totland, Avello, Juancho, Manolo, Leiva, Casado, Quique, Dávila, Aviñó, Orozco, Neila, Eduardo, Alfredo, Santi, Serafín, Guille, Lapastora, Ochoa, Molina, a quienes dediqué el premio y a todo el 3º de BUP (1978-79), este año lo recogí, acompañado del afecto de Tellechea Idígoras, Milagros Bidegain, Sebastián Insausti, Pío Montoya Arizmendi y su hermana, Txomin Aguirre, José Luis Arbulu, José María Arrieta.

El ensayo premiado fue para mí “música y letra a la vez” como lo fue en Israel y en el antiguo Egipto la poesía, como lo es hoy en el África de la negritud, hoy, Ciprés, no sólo en el fervor de Silos –y de las claras de Oñate y Azkoitia, Agustinas de Rentería y Aretxabaleta, benedictinos de Lazkao y Estíbaliz– “enhiesto surtidor de sombra y sueño, que acongojas el cielo con tu lanza”, el poeta José Hierro toma de la mano al mismísimo Lope de Vega para decir: “Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero escuchar el mar”. El mar.

El Cantábrico otra vez.

He pasado horas mirando su agua y algunas veces he sentido hacerlo desde el fondo de un ser que no soy yo. Es peor que mirar el fuego. Mucho peor. El mar disuelve ensoñaciones, cielos y otras esperanzas tejidas. Mirar el mar de los vascos aviva la idea de lanzarse. Es irremediable.

Fue uno de tantos días que pasan sin más sobre el mar de los vascos y por el Paseo Nuevo de Donostia. En tierra firme, en Guadalajara, por ejemplo, en Pastrana, en Brihuega, en Sigüenza los días se resuelven solos, o no se resuelven nunca, pero las soluciones parecen más a mano. No sé. En medio del Atlántico, que a su manera lo es el Cantábrico, la infinitud desorienta, entorpece, anonada. Las gaviotas y los mascatos juegan en la corriente del aire, al compás un poco perezoso del avance de los barcos pesqueros hacia su nido.

En estos días que recojo el “Irún 1979”, el mar está como echado sobre sí mismo, ondulándose con una pereza taciturna que alienta el desacomodo, la inquietud y aviva algunas supersticiones en hijo de granadina, como las de los aquelarres de brujas en Jaizkibel, ahí cerca en Ondarribia.

Ondarribia, amigo Javier, ya te hablaré de Ondarribia.

No he dejado evidencia de haber podido cumplir ningún sueño allí y sin embargo con mis “papeles” fotocopiados del Archivo del Ayuntamiento podría levantar un escenario de vida propia con lo acumulado durante más de treinta años. Con lo que se ve y con lo que se borra. La resignación es también parte de la vida de cualquiera, no sólo de los hombres de la mar.

En el barrio de los pescadores hablé no sé qué día con Martín de Ugalde, gran amigo (siempre me decía ‘eres de los nuestros’) sobre la locura de algunos hombres de mar. Una locura brusca, sin aspavientos de ningún tipo. Una especie de desquicie lento, acompasado, persistente, que ultraja la mente despacio, muy despacio hasta que la troncha de cuajo: es la locura.

La locura.

La locura en el mar de la costa vasca: Guetaria, Zarauz, Donostia, Ondarribia, Biarritz es una de las más ciegas, porque se construye hacia adentro y es muy difícil adivinar cuando descarga. Llevo una semana de premio “Irún 1979” y de mar Cantábrico, en Paseo Nuevo de Urgull.

Una realidad desportillada más.

Un premio incalculable de intemperie este “Irún 1979”.

Días y noches, desde el Hotel Londres e Inglaterra, donde el estertor del agua contra las rocas es un presagio desproporcionado: Humea la sospecha del fin del mundo, de mi corta vida. Pero me mantengo en pie, porque mi gran asunto no es vencer a nadie (cátedros, envidiosos, chismosos, cantamañanas), sino negar la vulnerabilidad; y desarrollo como antídoto un humor espontáneo y surrealizante, creyendo que es otra cosa.

Como una tortuga en su caparazón.

Vivir como una tortuga en su caparazón.

Todos llevamos pasado que no se ve.

Todos iniciamos conversaciones que no se rematan nunca y que resolvemos con suma urgencia: o con suspiros de portera o con piadosas jaculatorias de cátaros.

Amigo Javier, la peripecia de mis dos “Irún”, el del 1978 y el del 1979, resume un arranque de escritor del que es fácil deducir miedos, peligros, desconciertos, alguna humillación, hasta algún desprecio. De las cicatrices que empezaron a cruzar el corazón y los dedos de la mano derecha, con la que escribo hasta hoy, no digo nada. La discreción es un escudo de un “hombre de bien”, el “Espaniard” del siglo XIV, que decían los ingleses. Más, es el escudo de un niño de posguerra de Lavapiés, recriado en sus calles, tabernas, familias, iglesias. El Retiro.

– ¿Proviene usted de la Gregoriana?

– Claro, sino no estaría aquí convalidando y por libre.

– Los jesuitas. Esos.

Que verdad es que la biografía de cada quien ni es noble, ni buena, ni tan sagrada. La biografía está hecha de daños. Daños que todo ser humano puede soportar, aunque no siempre entienda. Daños que, como una tortuga en su caparazón, puede resistir con resignación. Es parte de su fatalidad. Lo siento. Pienso, como la tortuga, que aún hoy podría empezar de cero.

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