Daños colaterales

3 abril 2025

La explosión provocada por la bomba destruyó completamente el edificio. Cuando se disipó el polvo, los equipos de rescate encontraron los cadáveres de todos los ocupantes de lo que había sido un edificio residencial hasta que le llegó la sentencia de muerte colectiva. Cuando los que perpetraron el atentado se enteraron del resultado, lo celebraron y compartieron su alegría en las redes sociales. Algunos de ellos invocaron el nombre de su Dios, dándole gracias por el éxito de la misión que había ocasionado más de cien muertos, entre los que se encontraban decenas de niños, mujeres y ancianos.

Muchas personas, al enterarse de la noticia, llenos de indignación declararon que esos perpetradores eran terroristas, no sólo ellos, sino todos aquellos que habían estado de acuerdo con la masacre. Además, declararon que las personas que pertenecían a esa religión también merecían ese calificativo, por invocar el nombre de Dios para cometer tales fechorías. Para añadir ignominia a los hechos, la mayoría de la población del país al que pertenecían esos responsables de la masacre aprobaban la acción y la defendían, llenos de orgullo patrio.

Si esto hubiera ocurrido en Madrid, París, Londres o Hamburgo, mucha gente se habría identificado con la justa indignación ante tales hechos monstruosos.

Pero el hecho al que se refiere este relato ocurrió en Sanaa, la capital de Yemen, hace unas semanas. La bomba no fue detonada por un grupo Yihadista, sino lanzada desde un F16 de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Las víctimas no tenían la piel blanca, sino que eran yemeníes. No eran cristianos, sino musulmanes, en su totalidad. Quienes celebraban la masacre no eran los jefes de un comando yihadista, sino los responsables de la Defensa de Estados Unidos. El Dios al que invocaban no era Alá, sino el Dios cristiano. Y la población que aprobaba ese despliegue de fuerza que acabó con todos los ocupantes de un edificio no pertenecían a un país musulmán, sino a los Estados Unidos de América. “Todo en orden”.

¿Qué diferencia hay entre los cadáveres destrozados de personas elegidas al azar, cuando se producen en una capital del “Occidente civilizado”, y cuando los muertos los ponen poblaciones de países que nos parecen atrasados, radicales, ¿y fundamentalistas?
El ejemplo citado es la última tropelía realizada por el gobierno de Estados Unidos, pero posiblemente en el momento en que leas este artículo dentro de varios días, ya nos habrán sorprendido con otro hecho de las mismas características.

Éste no es un caso aislado. Podríamos hablar de las cien mil toneladas de explosivos proporcionadas a otro Estado terrorista, el de Israel, que corresponden a cincuenta kilos por persona en la franja de Gaza, donde han muerto por causa directa de las bombas y balas, más de sesenta mil personas, aunque la revista “The Lancet” estima las muertes indirectas en cerca de doscientas mil. Si esto se hubiera perpetrado en Europa, todos estaríamos aullando de indignación. Pero “sólo” se trata de palestinos. No pertenecen a nuestra cultura, ni a nuestra religión.

¿Nos hemos parado a pensar en cuál es el calificativo que les merece a tantas víctimas sometidas a la arbitrariedad de las bombas, la ideología de quienes justifican el genocidio al que se les somete?

Cuando se califica a ciertos países musulmanes de “terroristas” y criticamos al islam por justificar crímenes contra población civil, pensemos en los niños abrasados por las bombas de la aviación israelí en los campamentos de refugiados; en las escuelas, hospitales, infraestructuras dinamitadas por el ejército de Israel, pensemos en lo que nuestros países están apoyando directa o indirectamente, que es, ni más ni menos, que un exterminio planificado fríamente, y sostenido con fondos públicos.

Antes de poner bajo sospecha a cualquier musulmán por apoyar el terrorismo, preguntémonos cómo nos juzgarán a nosotros por lo mismo, llevado a cabo con todos los medios de la tecnología. Y apoyado masivamente por el bombardeo mediático.
Recordemos, que como cristianos, hemos de ponernos siempre de parte de las víctimas. Podemos equivocarnos en lo que hacemos, pero sería imperdonable equivocarse de bando.

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