De piscinas, chalets y urbanizaciones

18 septiembre 2023

Siempre que viajo, procuro hacerlo sentado junto a la ventanilla, no soy de pasillos; en avión lo mismo. Y confieso mi sorpresa y hasta mi estupefacción ante la vista de una cantidad sorprendente de piscinas esparcidas sobre el territorio por el que desciende el avión, antes de aterrizar en el aeropuerto de mi ciudad, sin ir más lejos.

Y lo sorprendente es que tal cantidad de piscinas con sus chalets respectivos se ubican en una geografía en la que cada gota de agua vale su peso en oro por su utilidad para el riego e incluso para el uso humano, y también por su carácter de bien cada vez más escaso debido al cambio climático.
Como me dejo sorprender con facilidad, también observo desde la ventanilla del AVE la profusión de urbanizaciones diseñadas a partir de una retícula que alinea edificios iguales unos de otros o largos hilos de viviendas semi adosadas; algunas de estas agrupaciones, a medio acabar o abandonadas.

Estoy seguro de que esta experiencia la comparten muchos más lectores y que, como en mi caso, la impresión ante esta realidad no ha pasado de un leve gesto de inquietud y, a otra cosa, mariposa.

Y, sin embargo, hay gato encerrado detrás de tanto barrio nacido a finales del siglo pasado al calor de un Programa de Actuación Urbanística (PAU) en la periferia de nuestras ciudades: “barrios en forma de malla edificados a partir del boom con urbanizaciones cerradas o mares de chalets unifamiliares (…/…) Son esas pequeñas islas verdes y azules, delimitadas por el gris de las carreteras y en donde vive gente que fue a EGB”. Es “La España de las piscinas”, un libro más que recomendable del periodista Jorge Dioni López, publicado por Arpa. Permítaseme la publicidad gratuita porque lo considero una de las lecturas más estimulantes del verano, no solo por su título sino por el aire nuevo que aporta en la visión de una realidad conocida, pero de la que no estamos acostumbrados a interpretar las consecuencias de esta opción urbanística neoliberal que ha conquistado nuestro país y ha transformado su mapa político, como bien afirma su autor.

En los PAU el patrón se reproduce: calles rectas, rotondas, edificios clónicos, piscinas y centros comerciales. No muy lejos de cada barrio de este tipo, anchas avenidas o directamente carreteras de alta capacidad: cinturones de circunvalación o autovías. Si afinamos con el Google Maps u otra aplicación semejante, los nombres de las calles resultan intercambiables entre una urbanización u otra: calle Jazmín, avenida de la Música o calle del Progreso. Y así, replicándose más y más en Madrid, en Alcalá de Henares, en Zaragoza, en Málaga, en Valencia o en Lleida, por citar algunas ciudades. Y no solo en la periferia de las capitales sino en poblaciones de su área de influencia.

Esta forma de poner viviendas en el mercado tiene más trampa de la que parece: en ocasiones, estos núcleos habitaciones carecen de servicios básicos porque, aunque prometidos sobre el plano, con harta frecuencia, los equipamientos tales como parques, centros sanitarios, escuelas, parques y no digamos, iglesias; o llegaron tarde o simplemente algunos de ellos ni están ni se les espera.

Y, así las cosas, este tipo de soluciones urbanísticas tan favorecidas por ciertas administraciones, fomentan un modo de vida que necesita del coche particular para cualquier desplazamiento y solo este factor ya es una criba para el tipo de personas capaces de acceder a ellas. Por otra parte, su precio cierra la puerta a determinados estratos sociales que no podrán asumir el coste de su compra o hipoteca. Al ser todas muy semejantes, el tipo de población se iguala, con lo que queda difuminado, en el mejor de los casos, la pluralidad enriquecedora del núcleo ciudadano, aun contando con todas sus contradicciones.

No se trata de juzgar a las familias que habitan estas soluciones urbanísticas por el mero hecho de vivir en un PAU o en una colonia de chalets. El problema es estructural y radica en que el modelo crea ideología -tesis principal de Jorge Dioni-, fomenta la competitividad, el estar alerta ante el extraño y dificulta en gran medida la formación de vínculos sólidos y el sentido de comunidad: “No hay nadie igual a nadie. Marca personal. Todos compiten”, afirma este autor.

Lo inquietante de esta forma de urbanismo, es que acaba modificando la evolución del mapa político y, a medio o largo plazo, consolida las opciones neoliberales cuya bandera de la meritocracia y el “sálvese quien pueda” están a la vista de quien quiera verlo.

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