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Deepnudes, ¿una condena digital perpetua?

Aprendiendo a Vivir

24 septiembre 2026

@jotallorente

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“Deepnudes” es un término que hace referencia a imágenes o videos falsos de desnudos creados con Inteligencia Artificial (IA) a partir de fotografías reales de personas vestidas.

Seguro que a día de hoy ya estás más que acostumbrado a palabras como fake, fake news y deepfake, pero ¿has oído hablar de los deepnudes? Pues bien, este mes de julio, la realidad nos lo ha servido en bandeja. En Logroño, un chaval de apenas catorce años está siendo investigado por desnudar digitalmente a nueve compañeras de instituto usando Inteligencia Artificial, para después subir esas imágenes falsas a una web porno. Buscando alimentar las visitas, creó una carpeta titulada “Subo chicas de mi insti hechas con IA”, logrando cerca de 40.000 visualizaciones. Para este chico sus compañeras no son personas, son simples objetos –imágenes como las que se descarga en internet– que puede utilizar a su antojo.

Pero cuidado, no nos quedemos en la superficie. No estamos ante una simple falta de respeto en redes o un caso más de inmadurez. Estamos ante una gravísima forma de violencia sexual digital ejecutada con herramientas nuevas. Una agresión que ignora con una frialdad aterradora el inmenso daño reputacional y la humillación brutal a la que somete a las víctimas, sus compañeras de clase.

Problema que crece

Hasta hace poco en nuestra intervención educativa, el gran drama era la difusión no consentida de fotografías íntimas reales. Hoy el problema es mayor. La Inteligencia Artificial permite crear la humillación desde cero. Para entender la raíz de todo esto, resulta iluminadora la reflexión de Byung-Chul Han, reciente premio Princesa de Asturias. Nos advierte de cómo el mundo digital erosiona la alteridad, el encuentro con otro ser humano. Al eliminar la distancia física, el cuerpo y la mirada, la pantalla destruye el respeto genuino al otro. Por eso, lo digital ataca con una crueldad que jamás tendría cara a cara. El otro deja de ser un sujeto digno para convertirse en objeto al que “usar”.

Ante este panorama, nuestra labor como educadores exige estar con los chicos y acompañar con valentía. Necesitamos enseñar a los adolescentes a recuperar la distancia y a “mirar” antes de reaccionar. Debemos invitarles a hacer una pausa antes de darle al botón de enviar y preguntarse si dirían esa frase o enviarían esa foto teniendo a la persona enfrente. Hay que recordarles constantemente que detrás de cada perfil hay un rostro real, una historia y una dignidad, una persona. Es fundamental también educar en el derecho a la intimidad, ayudándoles a entender que no toda la vida necesita ser exhibida, ni la propia ni la ajena.

Y si, por desgracia, sufren una agresión, nuestro deber es acompañar validando ese dolor como un sufrimiento absolutamente real. Debemos ayudarles a cerrar el episodio en un entorno seguro y de escucha, los entornos digitales también deben ser entornos seguros para los adolescentes. Frente a esa condena digital perpetua que pudieran sufrir por un contenido malintencionado, el único cierre reparador posible es el abrazo humano. Ante la despersonalización de las pantallas, la única salvación sigue siendo el encuentro físico y la valentía de volver a mirarnos a los ojos para ver la verdad del otro.

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