El acordeón y el organillo

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

26 abril 2022

Por aquellos tiempos yo era un magnífico acordeón. Mi dueño era un músico ambulante que rodaba de feria en feria. Me mimaba. Entre sus manos aprendí a dibujar sobre las plazas: ritmos de baile, baladas nostálgicas, romanzas de amor…

Un día tuve la mala suerte de caerme. Mi cuerpo quedó maltrecho. El fuelle deteriorado. Varios botones quebrados. Las cantoneras de nácar resquebrajadas…

Mi amo se desplazó a Turín para sustituirme. Sin compasión me entregó como parte del pago por el nuevo acordeón que compró. Permanecí arrumbado en un rincón de la casa de instrumentos musicales.

Una mañana del mes de noviembre se iluminó mi oscuridad. Alguien se fijaba en mí. Evaluaba la posibilidad de repararme. Preguntaba mi precio… ¡Doce liras! Escaso valor incluso para un acordeón maltrecho. Pero… así trata la vida a los instrumentos deteriorados.

Mi nuevo dueño era un joven sacerdote. Cuando vi el destino que me aguarda, pensé que la felicidad de mis días había llegado a lo más alto. Aquel cura, al que llamaban Don Bosco, me reparó. Al día siguiente estaba entre sus manos interpretando melodías para un grupo de chicos. Cantaban entusiasmados. Pero mi sensibilidad musical se horrorizó al escuchar sus voces desentonadas… Al observar la paciencia de Don Bosco, repetí una y otra vez la misma melodía hasta conseguir una cierta afinación en aquellos muchachos.

Sin embargo, mi felicidad duró poco. Cada día me surgía un nuevo desperfecto. Aunque me esforzaba por permanecer en pie… temía lo peor.

Mis temores se confirmaron. Don Bosco apareció con un organillo de manubrio para sustituirme. En su tambor tenía memorizados varios cantos litúrgicos: Tantum Ergo, Ave Maris Stela, Ave María

Regresé dolido al oscuro silencio de los acordeones inservibles. Pero lo que más me dolió fueron las altivas miradas que me dirigió el organillo. Deseé gritarle que su música era mecánica y sin alma; que para hacerle sonar bastaba con girar su manivela… Pero él se burlaba de mí con el desprecio de los orgullosos. Me sumergieron en el mutismo polvoriento del desván.

Semanas después dejé de escuchar las monótonas canciones del organillo. Con sorpresa observé cómo varios muchachos le subían al desván. Le depositaron junto a mí. Compartimos una pregunta: ¿quién acompañará ahora el canto de los muchachos? ¿Tendrán que dejar de cantar por culpa de nuestras diferencias?

Aguzamos el oído: los muchachos seguían cantando… acompañados ahora por un clavicordio.

Olvidamos nuestro enfrentamiento. Hicimos las paces. Nos sentimos orgullosos de haber sido el “alma del Oratorio” durante algunas semanas. Ambos habíamos escuchado a Don Bosco repetir: “un Oratorio sin música es como un cuerpo sin alma”. Le agradecimos la oportunidad que nos dio. A su lado fuimos mucho más que unos instrumentos musicales.

Nota: Año 1847. Don Bosco inicia las clases de canto. Primeramente compra un desvencijado acordeón por 12 liras. Lo sustituirá por un organillo de manubrio con varias canciones litúrgicas en su tambor. Ante la monotonía de tener que repetir siempre las mismas canciones, el sacerdote Juan Vola le regalará un clavicordio o espineta parecida a un piano. Don Bosco repetía: “un Oratorio sin música es como un cuerpo sin alma” (MBe III, 122-124).

 

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