El altar de las Gracias

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

8 noviembre 2022

La profecía se ha hecho realidad

Cuando caía la noche sobre la ciudad de Turín, el silencio se adueñaba del Santuario de la Virgen de la Consolación. Y yo, un altar de mármol finamente labrado, agradecía la quietud. Se apagaba el trasiego de los devotos. El tenue resplandor de las candelas invitaba a entornar los ojos. Me sumergía en un descanso de piedra.

Tuve el privilegio de nacer en la Capilla de las Gracias y echar raíces en un suelo sagrado. Sobre la parte superior de mi cuerpo, se celebraba la misa a diario. Empleaba el resto de la jornada en escuchar el rumor que producía el calzado de los fieles sobre las losas de la basílica: zapatos de ciudadanos anónimos, botas señoriales, alpargatas de esparto… Notas de una sinfonía que acompañaba a las plegarias.

Nunca olvidaré aquel amanecer que alteró mi corazón de piedra. La ciudad no había despertado. De pronto, escuché los pasos apresurados de un sacerdote. Revestido con alba y casulla negra se dirigía hacia mí. Era Don Bosco. Me sobresalté. La casulla negra siempre es presagio de muerte. Acompañado por un joven, se me acercó. Depositó cáliz y patena sobre mi ara. Inició la misa con forzada entereza.

Me dispuse a ayudarle en el último adiós de alguno de sus muchachos para los que era padre, maestro y amigo.

Hizo la señal de la cruz. Pronunció las primeras palabras rituales de la misa: “Introibo ad altare Dei… ad Deum qui lætificat juventutem meam”. (Entraré al altar de Dios; al Dios que alegra mi juventud).

Al llegar aquí se detuvo. Alzó la mirada. Abandonó el latín. Comenzó a musitar en voz baja palabras en piamontés: “Al Dios que alegra mi juventud… y a mi madre Margarita que llenó mi infancia de alegría, esperanza, fuerza para el trabajo, bondad y fe en un Dios que es amor…”.

Quedó en silencio. Sus manos trémulas presionaron el mantel blanco que cubría mi piel de mármol. Percibí un dolor cincelado sobre sus párpados enrojecidos. Comprendí que despedía a su madre. Compartí su intenso dolor.

Antes de proseguir, susurró todavía una plegaria: “Señor, ayúdame a comprender las últimas palabras de mi madre: ‘Ahora, Juan, haces cosas de las que no ves su alcance. Las comprenderás cuando llegues a la luz de la Estrella’”. Luego, reanudó la misa.

De esta historia ha transcurrido más de siglo y medio. Don Bosco ya no está entre nosotros. Pero yo sigo en pie en la Capilla de las Gracias del santuario de la Virgen de la Consolación. Tengo el privilegio de haber visto cómo la profecía de Mamá Margarita se ha hecho realidad. No lo dudéis: aquel sueño de dignidad para todos los jóvenes del mundo, que tenía el hijo de Margarita, se ha cumplido con creces. Yo soy testigo de ello.

Nota. 26 de noviembre de 1856. Mamá Margarita fallece a causa de una pulmonía. Al amanecer, Don Bosco se acerca al santuario de la Virgen de la Consolación de Turín. Le acompaña el joven José Buzzetti. Sobre el altar de la Capilla de las Gracias, celebrará la eucaristía por su madre (MBe V, 398-401).

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