El cobertizo Pinardi

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

21 diciembre 2022

Por aquellos años yo era tan sólo un pobre cobertizo. Estaba situado en la parte trasera de un humilde edificio propiedad del señor Pinardi. Mis paredes se levantaban en Valdocco, barrio extrarradio turinés. Desde la altura de mi tejado oteaba la gloria, la miseria y el incipiente desarrollo industrial de Turín.

Transcurrían mis días y mis noches sin más utilidad que la de almacenar mercancías. En mi parte izquierda se alineaban productos para abastecer la floreciente industria de las lavanderías: tablas de madera acanalada, pastillas de jabón fabricado con grasa y sosa cáustica, garrafas con lejía, sacos de almidón, planchas de hierro huecas en su interior para albergar tizones de carbón… A mi derecha se apilaban cajas cilíndricas conteniendo sombreros; complementos ornamentales para las damas y los caballeros de una nobleza decadente y anclada en el pasado.

El señor Pancracio, -que era quien gestionaba mi alquiler-, albergó durante un tiempo la idea de establecer entre mis tabiques un laboratorio para extraer almidón del maíz y la patata. Yo soñaba con convertirme en una industria artesanal. Imaginaba a varios obreros rompiendo mi silencio con sus conversaciones; alquimia capaz de transformar mi tediosa soledad. Pero aquel proyecto nunca se concretó. Y regresé a la monotonía de los días sin brillo ni relieve.

Siempre recordaré aquella mañana de primavera. El sol jugaba con los prados… Desde mi silencio percibí que alguien se acercaba. Escuché sus pasos apresurados y su conversación. El señor Pancracio tartamudeaba más de lo habitual… El joven sacerdote que le acompañaba, sonreía. Miraba hacia lo alto. Respiraba profundamente, como quien ha hallado una solución largamente presentida. Repetía una y otra vez: “¡Quiero alquilar el cobertizo para establecer en él un Oratorio… no un laboratorio, sino un O-ra-to-rio!”. Deletreaba la palabra. Pero la posibilidad de hacer negocio ofuscaba al señor Pancracio. Tartamudeando, ofrecía insistentemente mis paredes a Don Bosco para que instalara en ellas su “laboratorio”. Quedaron en cerrar el trato con un contrato escrito. Me llené de esperanza.

Desde que Don Bosco llegó, todo cambió. Mi espacio interior, aunque atiborrado de objetos, siempre había estado vacío. Los muchachos de Don Bosco dieron sentido a mi existencia. Colmaron de felicidad mis días. Me limpiaron. Ahondaron el suelo. Otorgaron profundidad a mis esperanzas. Enjalbegaron mis paredes con cal. Me vistieron de luz.

Cuando Don Bosco estableció entre mis paredes su Oratorio, me convirtió en su “Laboratorio de Vida”. En mi interior, la soledad de los muchachos pobres de Turín se transformaba en amistad; sus lágrimas, en sonrisas; la explotación a la que eran sometidos se convertía en nueva dignidad; la orfandad, en calor de hogar; la ignorancia, en cultura…

Yo hacía resonar entre mis esquinas los nombres propios de aquellos aprendices anónimos. Para Don Bosco el nombre de cada muchacho era como una oración pronunciada con afecto y respeto.

Han transcurrido muchos años. Mis viejos muros fueron demolidos. Sobre ellos se construyeron otros nuevos, y sobre éstos, otros. Pero para siempre yo seré el cobertizo Pinardi: el “Laboratorio de Vida” de Don Bosco.

Nota: Abril 1846. Tras deambular con sus muchachos por múltiples lugares, Don Bosco establece definitivamente su Oratorio de san Francisco de Sales en un humilde cobertizo alquilado al señor Pinardi. (Memorias del Oratorio. Década Segunda, nº 23).

 

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