El cuaderno

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

14 diciembre 2021

Testigo, memoria y profecía

Nací en una tipografía de Turín. Mi vida de cuaderno no tuvo misterio alguno: veinticuatro hojas cosidas formando un delgado folleto. Livianas pautas horizontales para facilitar la escritura.

Consciente de mi misión, me apresté a recibir sobre mi cuerpo la incipiente caligrafía de cualquier pequeño o los garabatos de algún escolar holgazán.

Sin embargo, una extraña circunstancia alteró mi vida.

Nunca lo olvidaré. Había recalado, junto a decenas de hermanos míos, en el Oratorio. Estábamos destinados a las clases que impartía un joven sacerdote llamado Don Bosco. Pero yo fui separado del resto de mis hermanos. Me depositaron sobre una mesa. ¿Qué nuevo sesgo iba a marcar mi existencia?

Agucé el oído hasta descubrir mi destino. ¡Sobre mi cuerpo se iba a plasmar el nacimiento de una Congregación! La felicidad echó raíces entre mis páginas. El evento tendría lugar el 18 de diciembre.

Transcurrió el día señalado sin movimiento alguno. Cuando comenzaba a adormilarme, llegó Don Bosco. Encendió tres quinqués. Alimentó el fuego de la pequeña estufa. A una señal, entró un grupo de jóvenes del Oratorio. Me alegré de que se les hubiera invitado a ser testigos del acto.

Colocaron a mi lado un tintero, pluma y papel secante. Había llegado el momento. Dirigí mi mirada a la entreabierta puerta. Me apresté a recibir con honores a los sacerdotes y capellanes que serían el cimiento de la nueva Congregación.

Aguardé. No se percibía rumor alguno tras el quicio de la puerta. Una pregunta inquietó mi corazón de papel: ¿Dónde estaban los graves eclesiásticos que iban a ser el germen de la incipiente Congregación?

De pronto, Don Bosco cerró la puerta. Todavía contemplaba a los jóvenes, cuando la pluma trazó las primeras palabras: “En el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo. El 18 de diciembre de 1.859, en el Oratorio de S. Francisco de Sales, siendo las 9 horas de la noche, se reúnen…”.

A continuación, se escribió sobre mi cuerpo el nombre de cada uno de los jóvenes presentes. Creció mi perplejidad. ¿Eran aquellos muchachos los puntales de la nueva Congregación? ¡Imposible! ¡Apenas frisaban los veinte años! Incluso había varios adolescentes.

Hice un supremo esfuerzo. Abandoné mis dudas. Dejé que la pluma se deslizara. Y sus nombres fueron como las palabras de una plegaria; semillas para una futura cosecha de vida.

De esta historia han transcurrido más de 160 años. Mis hojas amarillentas siguen vivas. Pero me hallo prisionero en el Museo Casa Don Bosco. ¡Cuánto me gustaría atravesar fronteras para recoger los nombres de esos miles de jóvenes de todas las épocas que han sido, y serán, las columnas que sustentan a la Congregación Salesiana!

Nota: 18 diciembre de 1859. Nace la Congregación Salesiana. Un acta escrita en las hojas de un cuaderno recoge el nombre de los dieciocho primeros jóvenes que la formaron. Su edad media: 20 años. Los de menor edad, 15 y 16 años. El acta se expone actualmente en el Museo Casa Don Bosco de Turín. (MBe VI, 258-259).

Fuente: Boletín Salesiano

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