El establo

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

9 enero 2024

Durante las largas tardes de invierno yo era el lugar más apreciado de la casa. El calor de la vaca y el ternero hacían de mí un espacio acogedor, a pesar de mi persistente olor a estiércol y de las incómodas pulgas de las que nunca logré librarme. Con la llegada de los primeros fríos me convertía en el centro social de la vida campesina.

Pero yo añoraba espacios abiertos. Entre mis muros de establo se apretujaban dos animales, un tronco vacío convertido en pesebre, los haces de heno, varios cedazos redondos colgados en las paredes y algunas horcas polvorientas aguardando el tiempo de aventar la parva tras la trilla.

Todo cambió cuando Juan Bosco inició sus reuniones en mi interior. Su voz, todavía de niño, tenía la fuerza y los matices necesarios para hacer añicos los muros que oprimían mis ansias de libertad… Sus palabras abrían ventanas a la fantasía. Escuchándole he sido testigo de la refinada vida cortesana de los Pares de Francia. He presenciado las duras batallas que sostuvo Carlomagno contra el terrible Fierabrás, rey de Alejandría. He recuperado la libertad de manos de Floripes, la princesa oriental más bella que uno pueda imaginar.

En muchas ocasiones se me saltaron las lágrimas de tanto reír al escuchar, de labios de aquel chaval, astucias e ingenios del rústico Bertoldo y de su hijo Bertoldino… Así aprendí que hay un tiempo para llorar y otro para reír.

Desde que él marchó, mis inviernos son más largos. El viento helado se cuela por las rendijas de mi desvencijada puerta y añoro aquellas historias que ponían latidos de vida a mi miseria.

Hace poco escuché decir que todavía sigue contando historias y abriendo ventanas de esperanza a cientos de niños pobres. Estoy seguro que es así. Juan siempre supo convertir en realidad los sueños que construía con sus palabras.

Nota. Don Bosco cuenta en las Memorias del Oratorio cómo, siendo todavía niño, era el animador de sus convecinos de I Becchi. Durante las largas tardes de invierno les reunía en el establo para narrarles historias de “Los Pares de Francia” y “Las aventuras de Bertoldo y Bertoldino”. (M.O. 1ª Década, nº 1).

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