El granero

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

11 abril 2023

Soy el granero de la casita de I Becchi. Nací pequeño y humilde; siempre dispuesto a ofrecer lo mejor de mí mismo. Estaba formado por tres compartimentos. El más grande para las mazorcas de maíz, los otros dos para el trigo y la cebada.

Los graneros aprendemos desde pequeños una única lección que guía nuestra existencia: dar y recibir. Hacia el final del verano acogemos el milagro de las cosechas. Durante el invierno, ofrecemos el grano; anticipo de hogazas compartidas.

Siempre cumplí mi misión… hasta que sobrevinieron aquellos años de terrible escasez: “el tiempo del gran miedo”. Todas las cosechas se malograron a causa de unos inviernos de fuertes heladas y unos veranos de atroces sequías.

Mis reservas disminuían. Al principio tan sólo lo notó Mamá Margarita. Su preocupación se transformó en temor. Hacía pocos meses que había quedado viuda. La responsabilidad le abrumaba. Cuando comprobó que no quedaba ni trigo, ni cebada, ni maíz, su miedo se convirtió en angustia… ¿Cómo alimentar a sus pequeños y a la abuela?

Mi fortaleza se debilitó. Temblaba al escuchar historias de gentes muertas de hambre por los caminos.

Aunque me esforcé por ser un granero responsable, un día aciago Mamá Margarita tuvo que barrer mi rugoso suelo para hacer acopio del último puñado de trigo. Decepcionado de mí mismo, deseé mi final. Un granero vacío no merece vivir. Perdí la noción del tiempo. Los sonidos se tornaron lejanos. Mi último recuerdo fueron las voces de Antonio, José y Juan, los hijos de mamá Margarita, que suplicaban un poco de pan entre sollozos. Luego, un silencio oscuro.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que regresé a la luz. Al principio creí que el milagro se debía a los cuatro sacos de trigo que, comprados por mamá Margarita a precio de oro, llenaban nuevamente mis paredes vacías. Pero lo que realmente me devolvió a la vida fueron las palabras que Margarita repitió a sus hijos como una oración: “Vuestro padre me dijo antes de morir que confiara en Dios, que rezara y tuviera coraje. En casos extremos, remedios extremos”.

Han pasado muchos años. Aunque sigo siendo un humilde granero, aquella frase todavía resuena en mí. Y es que Juan Bosco, ahora sacerdote, se la repite cada otoño a los chicos pobres de Turín que trae de excursión a I Becchi. Juntos aprendimos de mamá Margarita que la fe en Dios, la valentía y el trabajo incansable renuevan diariamente el milagro de un granero lleno de pan para los hijos.

Nota: Cuando Juan Bosco apenas contaba cuatro años, una terrible hambruna asoló la región. La fe en Dios, la decisión y el trabajo incansable de Mamá Margarita salvó aquella crisis. (Memorias del Oratorio. Introducción).

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