El hilo primordial

28 junio 2024

Fue en un seminario de acompañamiento en la oración donde descubrí esta parábola, que desconocía. La comentó en su ponencia Alejandro Musolino, salesiano de Argentina, y la idea es de Mamerto Menapace (Madera verde. Buenos Aires: Ed. Patria Grande).

Una araña se descuelga por ese primer hilo resistente, que baja desde la rama de un árbol, y a partir de él comienza a tejer el resto del entramado de la tela. De ese hilo primero agarra otros hilos cuyas puntas son fijadas en ramas y troncos que estiran hacia abajo; el hilo primordial es el único que estira hacia arriba, y, de esa manera, se mantiene tensa toda la estructura de la tela. Por aquel hilo la araña subía todas las tardes al acabar su trabajo, y bajaba cada mañana para volver a empezar.

Pero, al cabo del tiempo, como tenía éxito atrapando a sus víctimas (y se daba sus buenos banquetes), la araña dejó de subir cada tarde al tronco a través del hilo primero. Estaba entusiasmada por su éxito en las cacerías y preocupada por extender más hilos y prefería quedarse entre la tela sin tener que subir y bajar cada día. Tanto es así que llegó a creer que ese hilo primordial no tenía ningún sentido, porque no servía para atrapar presas (no era “productivo”). Y ella -araña práctica, científica y técnica- no estaba para tonterías: o ese hilo servía para algo… o había que eliminarlo. Y eso fue lo que hizo: con las pinzas de sus mandíbulas lo cortó de un solo golpe. Y pasó lo que tenía que pasar. Al perder su punto de tensión hacia arriba, la tela de desplomó contra el suelo, y en la caída arrastró a la araña que recibió un fuerte golpe, tan fuerte que perdió el conocimiento. Cuando recuperó la conciencia, el sol ya decaía, y la tela, pringosa al resecarse sobre el cuerpo magullado de la araña, la fue estrangulando lentamente, y la osamenta de las presas le iba aprisionando el pecho, en un abrazo que, al no tener ya capacidad de reacción, llegó a ser mortal. Y no comprendía que ese inesperado y triste final fue consecuencia de haber cortado aquel hilo primordial.

Es vital que encontremos y que cuidemos ese “hilo primordial”. Todo lo demás (la tela de nuestras actividades, de nuestros proyectos y éxitos) tiene que estar sostenido por él, aunque a veces no lo percibamos como primordial o nos parezca inútil. Si cortamos ese hilo corremos el riesgo de perder el sentido de lo que llevamos a cabo… y que nos puede llegar a asfixiar. Por ese hilo Dios nos va llevando, nos acompaña. Por eso hilo estamos en unión con Él, con nuestra raíz creyente y carismática, y con las personas que nos quieren. Ese hilo es el que nos hace respirar Vida, el que nos rescata (¡nos salva!) de muchas situaciones de agobio y de pérdida de sentido, el que impide que nos aplaste el activismo, el que nos hace ser personas fructíferas, no “productivas”.

Como he dicho al principio, fue en el contexto de un seminario de acompañamiento en la oración donde descubrí esta parábola. Y es que con este hilo primordial tiene mucho que ver la oración. No los rezos, la oración. Esos momentos personales de estar ante Dios (Padre, Hijo, Espíritu), que necesitamos buscar y encontrar, y que debemos ayudar a otros a que los encuentren, a que descubran su importancia, hasta que los asuman como imprescindibles. Como personas educadoras en la fe, creo que es una de nuestras labores más importantes.

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