Aprender a vivir es intentar responder a la pregunta: ¿Cuál es el sueño de Dios para mí? Dar respuesta a este interrogante puede llevar toda la vida, aunque hay personas que lo descubren antes porque se van haciendo expertos en traducir el lenguaje de Dios. Son los maestros en el arte de desentrañar su palabra en cada gesto cotidiano. No hay escuela que lo enseñe, hay que dejarse sorprender y tener una mirada compasiva y serena. Es una evaluación continua que examina sobre el amor y que siempre genera nuevas oportunidades de aprendizaje, nadie suspende si se esfuerza y persevera, si se deja amar por Él.
Somos lenguaje porque la palabra de Dios vive en nosotros, y su sueño aparece cuando descubrimos que podemos hacer algo de forma única, inimitable. Aquello que nadie puede hacer igual, nuestro don, la “palabra al oído” que nos susurraron desde tiempos antiguos y que Don Bosco actualizó como símbolo del acompañamiento a los jóvenes más necesitados.
No siempre es algo grandioso o visible. A veces es tan sencillo –y tan profundo– como amar bien a las personas que tienes cerca, construir algo con honestidad o aliviar el sufrimiento de otros.
El lenguaje de Dios nos invita a buscar una vida con sentido, a desentrañar la impronta de ese sueño que guardamos en el alma. Él habla a través de muchas cosas, con un lenguaje único.
Es apenas un susurro en el viento, que sopla sin permiso; esa pausa breve entre los latidos de tu corazón.
Una luz hecha palabra que se cuela por las grietas del alma e ilumina las sombras que no te dejan crecer.
Habla en lo que duele y en lo que sana, en las despedidas que enseñan a soltar, y en los encuentros que parecen nacer de la pura providencia.
Y aunque no siempre entendamos su idioma, hay algo dentro de nosotros que lo traduce, algo atávico y eterno que reconoce su eco; como quien recuerda un hogar que nunca ha visto, pero que siempre ha sido suyo.
¿Cuál es el sueño de Dios para ti?
Para descubrirlo tendrás que aprender su lenguaje. Hay maestros por todas partes, solo hay que fijarse en los que practican la misericordia y transforman el mundo desde lo cotidiano.
En la vida me he encontrado con muchos, y voy coleccionando sus palabras. A veces necesito tiempo para acomodarlas, creerlas de verdad, hacerlas mías… pero siento que voy descubriendo ese sueño y que todo cobra sentido. Vivir con propósito es aprender de memoria el verbo amar, como cuando éramos niños, y conjugarlo en todos los tiempos para llegar preparados al examen final.




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