El pañuelo

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

10 mayo 2022

Ternura entre los pliegues

La primavera vestía de hojas nuevas las desnudas ramas de los árboles. Mi joven dueño comunicó a su madre la decisión de abandonar la aldea. Deseaba hacer fortuna en la ciudad. Dejar atrás el rudo trabajo campesino. La madre le miró con desconsuelo. La tristeza vagaba por los rincones de aquel hogar desde que muriera el padre.

Varios días después la madre me tomó con ternura. Con mi cuerpo preparó el hatillo para el hijo que emigraba. Porque los pañuelos grandes nacemos para albergar las escasas pertenencias de los aldeanos cuando emprenden viaje.

Ella me extendió. Depositó sobre mí una muda, un pantalón de pana y una camisa; una hogaza, un pedazo de queso y varios puñados de pasas envueltos en papel de estraza.

La despedida fue breve. Lágrimas en los ojos de la madre. Promesas de regresar en el hijo… Y días después: la ciudad.

Encontró trabajo de albañil. Jornadas agotadoras. Explotación. Y los domingos: juegos de naipes regados con el vino áspero de las tabernas.

Mi dignidad de pañuelo rodó por el suelo. Me vi convertido en tapete improvisado sobre el que mi dueño, y varios aprendices de tahúres, apostaban su escaso jornal. Blasfemias y bravuconadas. Y, de tanto en tanto, reflejos amenazantes desde las hojas de sus navajas.

Nunca olvidaré aquel domingo. Mi cuerpo albergaba 26 liras; considerable caudal dispuesto a alzar el vuelo. Se acercó un joven sacerdote. Mi amo y sus secuaces no le prestaron atención. Rodaban raudas las cartas. Pero, cuando menos lo esperaban, con velocidad inusitada: ¡zaaaas! El cura tomó mi cuerpo y las liras. Emprendió veloz carrera. Ellos le persiguieron.

No le dieron alcance hasta que entró en una pequeña iglesia. Irrumpieron tras él. De pronto, ¡oh sorpresa!: un grupo de muchachos escuchaba un sermón.

El pasmo creció cuando el joven cura, mostrándome, comenzó a pregonar como un vendedor: «¡Turrones, vendo turrones a buen precio»! Las carcajadas de los chicos rompieron la quietud. Mi amo quedó absorto ante el insólito espectáculo. Mis labios de tela esbozaron una sonrisa.

Cuando decreció el jolgorio, Don Bosco se dirigió a mi dueño y acompañantes. Les ofreció un horizonte de dignidad: un lugar para estudiar, un patio para jugar y un hogar para sentir el afecto de una familia. Finalmente me restituyó junto con el pequeño tesoro que albergaba entre mis pliegues.

Cuando cesó la presión de la mano del sacerdote, un sentimiento de nostalgia recorrió cada uno de mis hilos. Porque, mientras estuve entre los dedos de Don Bosco, sentí aquel mismo afecto y ternura que la madre depositara sobre mi cuerpo de pañuelo, cuando ella me transformaba en un humilde hatillo para el hijo que marchaba.

Nota: Don Bosco recorría las calles en busca de mozalbetes que colocaban sobre un pañuelo el dinero que apostaban. Tomando pañuelo y dinero, corría hasta el Oratorio. A los jóvenes que le seguían les ofrecía un futuro (MBe III, 105-106).

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