El plumero

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

23 abril 2024

Me afanaba a diario en mantener limpios y brillantes a las estatuas de los santos, a los candelabros de bronce y a los nobles armarios de la sacristía que guardan albas, casullas, estolas y manípulos. Recuerdo aquella mañana de invierno. El sacristán me llevaba de un sitio a otro con movimientos nerviosos. Era la fiesta de la Inmaculada. El frío de la calle se reflejaba en el rostro de las personas que aguardaban el comienzo de la misa.

De pronto el sacristán, reparó en un joven que acababa de entrar. Llevaba una chaqueta raída. Sus manos apretaban una gorra de obrero. Tiritaba de frío. El sacristán se dirigió al muchacho y le ordenó que ayudara a misa a Don Bosco. El joven respondió asustado que no sabía, que se había refugiado en la iglesia para encontrar un poco de calor tras una noche pasada en un dormitorio público para transeúntes, harto de escuchar las toses tísicas de mendigos tuberculosos.

Sin mediar palabra el sacristán me levantó con furia y comenzó a golpear al chico en la cabeza y en la espalda. Mi mango de madera sintió el duro contacto con las costillas del pobre muchacho. Mis plumas se estremecieron de vergüenza y se desprendieron del mango. Nunca había golpeado a una persona. Afloraron los insultos. Algunos fieles giraron la cabeza, pero volvieron a mirar al altar mayor con falsa devoción.

De pronto resonó la voz potente del joven sacerdote. El sacristán se detuvo. Don Bosco avanzó hasta llegar a nosotros. Mirando al muchacho con afecto, reprochó al sacristán: “No le toque, este chico es mi amigo”. Nunca olvidaré el rostro de extrañeza del muchacho al escuchar la palabra “amigo” en labios de aquel cura al que no conocía de nada.

Terminó la misa y el muchacho marchó con Don Bosco. El sacristán recogió las plumas desprendidas. Me observó con indiferencia, como se mira a las cosas viejas cuando se gastan, y me arrojó al pequeño patio que hay tras la sacristía.

Las inclemencias de aquel invierno aceleraron mi agonía. Estaba a punto de decir adiós a este mundo cuando escuché unas voces en el patio. Haciendo un último esfuerzo abrí mis ojos. Contemplé a aquel cura joven rodeado de varios aprendices que reían y hablaban. Entonces comprendí por qué aquel cura podía llamar “amigos” a todos los jóvenes del mundo. Y sentí la resurrección de la amistad.

Nota.- El 8 de diciembre de 1841 Don Bosco se dispone a decir misa en la Iglesia de San Francisco de Turín. El sacristán, Giuseppe Comotti, golpea con el mango del plumero a un pobre aprendiz llamado Bartolomé Garelli. Don Bosco afea al sacristán su actitud. Llama amigo al muchacho e inicia con él su obra a favor de los chicos. (Memorias del Oratorio. Segunda década. Nº 12).

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