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El poder de un día sin etiquetas

El Rincón de Mamá Margarita

3 junio 2026

Elena Martínez

Elena Martínez

¿Alguna vez te has parado a pensar en la cantidad de «pegatinas» invisibles que le colgamos a la gente en el día a día? En los pasillos de un colegio o un instituto, el etiquetado es automático: «el empollón», «la deportista», «el tímido».

Pero la realidad va mucho más allá. En un mundo hiperconectado por las redes sociales, donde juzgamos en base a un vídeo de quince segundos, las etiquetas se han vuelto más visibles, más rápidas y, a veces, más dolorosas.

Desde que soy madre, mi forma de mirar el mundo ha cambiado. Y no porque ahora vea más cosas, sino porque las veo de otra manera.

Mi hija tiene una “discapacidad física”  una de las primeras etiquetas que escuché cuando di a luz.  Todos observamos lo que nos llama la atención. Lo importante es hacerlo desde el respeto, la sensibilidad y el cariño. Porque detrás de cada persona hay una historia, una familia, unos sueños y una vida que merece ser valorada por lo que es, no por aquello que la hace diferente. Eso ha hecho que sea mucho más consciente de las miradas. Algunas nacen de la curiosidad, algo completamente natural. Otras, de la empatía. Pero también he aprendido que la diferencia no está en mirar, sino en cómo miramos.

Todos somos distintos. Cada persona tiene una historia, una realidad y unas batallas que quizá no conocemos. Y qué bonito sería que aprendiéramos a mirar más allá de lo que se ve a simple vista. Hay una frase de Antoine de Saint-Exupéry que siempre me acompaña: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Quizá por eso admiro tanto la manera en la que Jesús miraba a las personas: sin juzgar, sin señalar, sin etiquetar. Miraba con amor, con respeto y con una confianza infinita en el valor de cada ser humano. Ojalá nuestras miradas se parezcan un poco más a la suya. Ojalá sepamos enseñar a nuestros hijos/as que la diversidad no nos separa, sino que nos enriquece. Y ojalá nunca olvidemos que cada persona merece ser mirada con la misma ternura con la que nos gustaría ser mirados nosotros.

Porque al final, lo que deja huella no es lo que vemos, sino el amor con el que elegimos mirar. Ahí es donde radica el verdadero cambio. No se trata de cerrar los ojos y fingir que la diversidad no existe. Al contrario: se trata de mirar de frente, pero despojándonos del prejuicio que clasifica y reduce a la otra persona a una sola característica.

Somos mucho más que una etiqueta. Reducir a un ser humano a un adjetivo es perderse el mapa completo de su vida. Debajo de la etiqueta de «deportista» hay miedos; debajo de la de «discapacidad» hay talento, humor e historias increíbles; debajo del «popular» hay una profunda necesidad de encajar.

Jesús, fue un ejemplo de persona que no se dejó llevar por las etiquetas. Él nunca vio «un publicano», «un leproso» o «un extranjero». Él veía a la persona y su valor real, saltándose cualquier barrera social, política o física de su época. Ojalá aprendamos a mirar así: sin el filtro del prejuicio, sin el sesgo del algoritmo de las redes sociales que nos empuja a clasificar todo en carpetas perfectas.

 

Analizando la imagen

 

Decir que alguien es simplemente «tímido», «raro» o «vago» es tomar un libro de mil páginas y pretender resumirlo solo con leer la portada. Un «hiperactivo» puede ser un torrente de creatividad incomprendido. Cuando a un niño o a un adulto se le repite constantemente lo que «es», termina por actuar bajo ese guión. La etiqueta se vuelve una jaula invisible de la que cuesta mucho salir.

Los «ojos gigantes» que se ven al fondo de la imagen representan la mirada de la sociedad: juzgadora, omnipresente, que observa desde la distancia y categoriza en un segundo para sentirse cómoda.

El verdadero cambio empieza cuando sustituimos el «tú eres…» por el «cuéntame quién eres». Dejar de definir a las personas por un solo rasgo y empezar a verlas como un lienzo entero, colorido y lleno de matices cambiantes.

Ojalá llegue el día en que las únicas etiquetas que usemos sean las de la ropa, y que a las personas las miremos directamente a los ojos —esos ojos normales, verdes, azules o marrones— para descubrir su historia real, sin subtítulos impuestos.

¿Qué etiqueta sientes que te han puesto y estás deseando quitarte?

La próxima vez que mires a alguien, haz la prueba: cambia el juicio por la curiosidad empática. El mundo cambia cuando cambia nuestra forma de mirar.

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