El rugido del campo

22 febrero 2024

No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza.” (Laudato Sí, 139)

Estos últimos días la movilización de los agricultores ocupa todos los titulares. Todo el mundo es consciente de sus reivindicaciones, y muchos se unen emocionalmente a sus quejas. En eso muchos están de acuerdo. En lo que no hay acuerdo es en las causas que motivan el problema, que es de ámbito europeo.

Como diría Descartes, vamos a analizar el problema, descomponiéndolo en elementos más simples.

No todos los agricultores se encuentran en la misma situación. Por un lado, tenemos a los agricultores tradicionales, con explotaciones de ámbito familiar, arraigados en el territorio donde han vivido desde generaciones. En el otro extremo distinguimos a las multinacionales de la agricultura intensiva. Los beneficiarios de tales empresas se encuentran a miles de kilómetros de aquí. Podríamos añadir los terratenientes de toda la vida, que han visto incrementado su patrimonio con las subvenciones de Bruselas, y reciben cantidades escandalosas por el hecho de tener tierras. Los primeros suelen ser más respetuosos con la tierra en la que viven. Los segundos solo buscan ampliar el margen de beneficios, y no les importa esquilmar tierras de las que no saben nada más que los dividendos que producen.

Las pequeñas explotaciones familiares están desapareciendo, víctimas de la competencia desleal de los grandes, que operan a escala planetaria, por lo que disponen de recursos ilimitados y juegan siempre con ventaja. También suelen evadir impuestos, merced a la ingeniería financiera y fiscal; no aplican políticas respetuosas con el medio ambiente, que suelen ser más costosas que la explotación salvaje, y sus políticas sociales no son nada benévolas con los derechos laborales y sociales. Es el modelo de la exprimidora: sacar todo el jugo y dejar los desechos.

Los problemas se agravan al momento de vender los productos. En la actualidad las grandes cadenas de distribución alimentaria copan la demanda de productos del campo, y ejercen un régimen de tiranía frente a los productores, que se ven arrinconados también por quienes imponen unos precios abusivos, que no pueden rechazar por falta de alternativas. La diferencia entre lo pagado al agricultor y el precio en la estantería va del 400 al 900 por ciento. Tenemos otra vez la falacia de la libertad del mercado liberal.

Otra competencia desleal, en este caso situada a miles de kilómetros, proviene de los tratados de libre comercio firmados por los países de la Unión Europea con países terceros, de los que importan productos agrícolas que carecen de las exigencias ambientales y sociales vigentes en Europa. No olvidemos que la normativa sanitaria y medioambiental en Estados Unidos, por ejemplo, es mucho menos exigente en términos medioambientales que la de la Unión Europea. Así, podría suceder una invasión de productos cárnicos de menor calidad sanitaria, con lo cual los perjudicados serían también los consumidores de los países europeos. El colmo es que una parte de los productos de calidad producidos en España se venden al extranjero y los mismos productos se importan, con una calidad y precios inferiores, para gloria de los grandes traficantes de alimentos.  Todo al mayor coste energético.

El cambio climático afecta especialmente a los pequeños agricultores. No hace falta explicar lo que la sequía extrema pone en evidencia. Los grandes siempre encuentran medios para afrontar las crisis y salirse con la suya. O cambiar de país.

Y dicho esto, es chocante que las formaciones políticas que votaron en contra de la Ley de cadena alimentaria en 2021, la cual pretendía evitar la venta a pérdida de los agricultores y que, por otro lado, tienen competencias para hacerla cumplir en sus comunidades autónomas y no lo hacen, se alineen ahora al lado de los agricultores, agitando banderas y hablando de la a “Agenda 2030 que viene de Bruselas”, cuando en realidad se trata de recomendaciones de Naciones Unidas sin ningún poder coercitivo.

El oportunismo populista pretende pescar en río revuelto y se limita a difundir soflamas mimetizadas acríticamente, pues es mucho más fácil repetir titulares que formar una opinión crítica, basada en la estimación de la complejidad de las situaciones. Esto requiere tiempo, esfuerzo y discernimiento, valores denostados y poco practicados en este mundo de opinadores e influencers de pacotilla.

Los medios de comunicación, en manos de los mismos causantes del estropicio, tampoco van a aclarar mucho las cosas. Lo que sí está claro es que, como educadores, tenemos el ineludible deber de dar herramientas de análisis social y despertar la conciencia ecológica frente a unos poderes financieros que están buscando monopolizar todo lo que necesitamos para sobrevivir: medicinas, energía, comida, agua, vivienda, transporte. Solo les falta vendernos el aire que respiramos. Es cuestión de tiempo.

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