El soborno

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

26 julio 2022

Todos tenemos un precio. Y para demostrarlo, allí estábamos nosotros sobre la mesa del despacho de Don Bosco. Éramos cuatro billetes de mil francos cada uno. Sumábamos una elevada cantidad capaz de hacer frente a las facturas del Oratorio que se apilaban en el otro extremo de la mesa.

Recién salidos de la fábrica de moneda y timbre, estrenábamos existencia. Conservábamos íntegra esa tesitura tan agradable al tacto que caracteriza a los billetes nuevos. Éramos promesa de futuras cantidades. Reclamo y cebo.

Sentimos sobre nuestros cuerpos la mirada de Don Bosco. Aquellos ojos honestos nos provocaron una sensación desconocida. Hasta la fecha tan sólo habíamos notado miradas de codicia.

Don Bosco escuchó a los circunspectos caballeros que, tras habernos depositado a los cuatro billetes sobre la mesa, le hablaban con cortesía. Nuestra presencia tenía una contrapartida: que Don Bosco dejara publicar “Las Lecturas Católicas”; sencillos libros de cultura religiosa y popular que el sacerdote de los jóvenes había lanzado al mercado editorial desde el taller de imprenta del Oratorio.

Los señores esgrimieron falaces argumentos. Comenzaron por el halago intelectual: “Las Lecturas Católicas no están a la altura de una mente preclara como la suya. Son folletos de gran tirada popular pero de escasa calidad. Dirija sus esfuerzos hacia obras eruditas… Aquí tiene estos cuatro mil francos. Le serán de gran utilidad para la Obra del Oratorio que la Providencia le ha encomendado. Son el anticipo de futuros donativos”.

Los cuatro mil francos asistíamos mudos y expectantes al diálogo. Cuando Don Bosco nos arrastró hacia los doctos caballeros, supimos que se avecinaba la tormenta. Y así fue. Aquellos hombres se despojaron de su disfraz de amabilidad. La persuasión se tornó amenaza: “Don Bosco, hace mal en despreciar este dinero. Está exponiendo a su Obra a ciertos peligros…”.

Don Bosco se mantuvo inflexible. Proclamó su dignidad de sacerdote y su vocación de escritor católico comprometido con la buena prensa.

Los caballeros se transformaron en truhanes mafiosos. De las amenazas al Oratorio pasaron a la coacción personal: “Quién sabe qué le puede ocurrir a usted… Si sale de casa, ¿está seguro de poder regresar?”.

Viendo el cariz del asunto, Don Bosco se levantó. Abrió la puerta. Llamó a varios jóvenes del Oratorio. Fuertes y valientes, entraron. Sin perder la sonrisa, les sugirió: “Por favor, acompañad a estos señores. No conocen la salida”.

Varios días después los cuatro billetes de mil francos nos hallábamos nuevamente en una caja fuerte. Comentábamos la lección aprendida de Don Bosco: hay personas íntegras que no tienen precio. Desconocedores de nuestro futuro, añorábamos habernos quedado en el Oratorio. Nos hubiera gustado ayudar a aquel hombre honesto a pagar las facturas que, desde el otro extremo, no habían cesado de hacernos guiños mientras estuvimos sobre la mesa.

Nota: Año 1854. Don Bosco inicia con éxito la publicación de las Lecturas Católicas. Los protestantes intentan desacreditarlas. Al no conseguirlo recurren al soborno y a las amenazas. Don Bosco se mantuvo siempre firme. (Memorias del Oratorio. Década tercera, nº 21).

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