
Marian Serrano
Me pasa con frecuencia. Estoy haciendo una cosa y ya estoy pensando en la siguiente. Empiezo una tarea, recuerdo otra que tengo pendiente, se me ocurre una idea que no quiero olvidar y, casi sin darme cuenta, tengo varias cosas abiertas y la cabeza en todas ellas.
Y lo peor es que, a veces, termino el día con la sensación de haber hecho muchas cosas, pero sin haber estado del todo en ninguna.
¿Os pasa también?
Vivimos rodeados de estímulos, de mensajes que reclaman nuestra atención, de compromisos y de tareas que parecen urgentes. Nos hemos acostumbrado a hacer varias cosas a la vez y hasta presumimos de esa capacidad. Pero últimamente me pregunto si esa manera de vivir nos está ayudando o, por el contrario, nos está robando algo importante.
La posibilidad de estar de verdad en lo que estamos
Cuando voy a pasar un rato con mi madre, tomo el autobús y aprovecho el trayecto para leer esos libros para los que nunca encuentro tiempo. Estos días tengo entre las manos El poder del ahora, de Eckhart Tolle. Su lectura me ha hecho pensar en la cantidad de tiempo que dedicamos a recordar lo que ya ha sucedido o a preocuparnos por lo que todavía no ha llegado. Mientras tanto, el presente, que es donde realmente transcurre nuestra vida, parece escaparse entre los dedos.
Y me pregunto: ¿cuántas veces dejamos de disfrutar de lo que estamos viviendo porque nuestra cabeza ya está en otro lugar?
No creo que se trate de olvidarnos del pasado ni de dejar de preparar el futuro. Necesitamos recordar, aprender, organizar y hacer planes. Pero quizá deberíamos aprender a poner cada cosa en su sitio.
Poner el foco. ¡Qué difícil y qué necesario!
Poner el foco es decidir dónde quiero estar ahora. Es elegir una cosa y dedicarle mi atención. Es intentar no dejarme arrastrar por todo lo que aparece a mi alrededor.
Si estoy conversando con alguien, escucharle sin pensar en lo que voy a responder o sin mirar de reojo el teléfono. Si estoy trabajando, concentrarme en lo que tengo delante. Si estoy compartiendo un rato con las personas que quiero, disfrutar de su compañía sin repasar mentalmente la lista de asuntos pendientes.
Y si estoy descansando, permitirme descansar. Sin remordimientos.
Porque, a veces, confundimos aprovechar el tiempo con hacer muchas cosas. ¿Y si aprovecharlo tuviera más que ver con la manera en que vivimos cada momento que con la cantidad de cosas que conseguimos hacer?
Hay algo de la pedagogía de Don Bosco que siempre me ha gustado especialmente: su presencia entre los jóvenes. No se trataba simplemente de estar físicamente en el patio, sino de compartir su vida, conocerlos, escucharlos, acompañarlos. Estar pendiente de ellos. Hacerles sentir que eran importantes. Y para eso hay que estar de verdad con quien estoy y en lo que estoy.
No siempre es fácil. Al menos para mí.
Tengo la cabeza llena de ideas, proyectos, preocupaciones y cosas que quiero y tengo que hacer. A veces me cuesta detenerme en una sola. Pero cada vez estoy más convencida de que necesito aprender a hacerlo.
No quiero que las prisas por llegar a lo siguiente me impidan vivir lo que tengo delante. No quiero que la preocupación por mañana me robe la tranquilidad de hoy. Ni que las cosas que quedaron pendientes ayer sigan ocupando todo mi tiempo.
Así que voy a hacerme una propuesta. Pequeña, concreta y seguramente difícil de mantener.
Una cosa cada vez
Cuando esté haciendo algo, intentaré estar ahí. Cuando aparezca otra tarea, otra idea o una preocupación, procuraré no abandonar inmediatamente lo que tengo entre manos. Ya habrá tiempo para atenderla.
Y cuando me descubra pensando en lo siguiente, intentaré volver a lo que estoy viviendo.
Sin enfadarme conmigo misma. Sin convertir esta propuesta en otra obligación más.
Quizá se trate precisamente de eso. De aprender a volver al presente tantas veces como sea necesario.
Porque la vida no empieza cuando terminamos todo lo que tenemos pendiente. La vida está sucediendo ahora, mientras escribo estas líneas y mientras tú las lees. Y sería una pena que, por estar siempre pensando en lo siguiente, nos perdiéramos lo que está pasando.
¿Probamos hoy a hacer una sola cosa, a vivirla y a disfrutarla de verdad?
¿Sabes cuándo me pasa y lo disfruto? Cuando estoy sentada con mi madre, tomando un café y hablando de la vida.
¡Cuánto que aprender!














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