HISTORIADOR “GATO”, AVENTANDO EL RESCOLDO OCULTO DE LA GREGORIANA

De andar y pensar   |   Paco de Coro

24 abril 2024

  1. Historiadores jesuitas

23 abril 2024

Día del Libro

Amigo Javier:

Al celebrar estas fechas el Día del Libro, se me enredan las palabras en los puntos del bolígrafo y me callo antes de que empiecen a balbucear. Mira:

Desde los años de la Gregoriana (1968-73) mantuve relación permanente con cuatro historiadores jesuitas e incluso con uno de ellos cubrí estudios con documentos del Archivo Secreto Vaticano.

“No te detengas nunca, Paco” –me decía Villoslada. “Despídete del tiempo”.

Ricardo García Villoslada es un nombre imprescindible si se quiere entender toda la Historia de la Iglesia”, con esos cuatro volúmenes

dirigidos en la BAC.

Pero el espíritu del historiador salta en su Lutero, donde se le escapa el alma. Su trabajo, atrapado en dos volúmenes, destella sacrificio

destemplado y cotidiano, donde intuyo más de lo que leo.

  1. El fraile hambriento de Dios y 2. En lucha contra Roma,

imponen un sabio multiplicado y aseguran un trabajador nato.

De ahí su peligro.

Miguel Batllori i Munné, el coordinador del Instituto de Estudios Jesuíticos, desprende una imagen algo envejecida.

La sensación de tiempo quieto, concentrado en minutos inmensos, dificulta adivinar sus enormes conocimientos sobre Gracián y el Barroco y la familia Borgia.

Rebrilla por todas partes el Renacimiento italiano y valenciano.

Y Pierre Blet, el francés chauvinista de Caen (“El obispo de mi diócesis es salesiano, ¿sabe?) (“Los dos franceses de Norte, ¿sabe?).

Me recibe siempre en su celda.

Podría parecer un administrador de fincas, si no fuese

porque es un jesuita recio, hecho en los temporales de la segunda guerra mundial.

“Leí con él la licenciatura”. Me tiene preparados los libros del mes. Hace dos o tres apuntes propios, guarda después las gafitas en el estuche, lo deja a un lado de la mesa de trabajo, junto a unos lápices en

paralelo, y ese gesto delata su propensión metódica.

De la garganta le sale una voz ronca. Muy ronca. Y lenta.

Los estudiantes le imitan y se ríen. Nos reímos.

A mandíbula batiente.

La insistencia en preguntar por mi origen me intriga.

– Pues de Madrid, oiga.

– Y siempre me habla en italiano.

– Sabiendo los dos las dos lenguas imperiales…

No le parece una tontería (siochezza).

El pelo rapado le concede un aspecto fiero,

de forzudo emblemático.

– Dirá usted la lengua única, el imperial español.

– Eh, eh, eh, desde Napoleón, también el francés… y sobre todo el francés.

Sabe todo sobre Pío XII y los judíos.

Me introdujo en los turbios laberintos del Archivo Secreto Vaticano,

bajo la mirada altura y experimentada

de un francés señero y paciente, como él, de un profesor

también de La Sorbona. De La Sorbona.

 

  1. El oficio

Alrededor de la “historia” brincan varios asuntos recurrentes

que van y vienen según el oleaje.

Pero sólo uno de ellos se mantiene intacto

desde el origen del oficio: la necesidad ineludible

de controlarlo todo por parte del poder.

Antes a eso se le llamaba censura

y ahora se llama supervisión alternativa.

Es decir, el poder maniobrando.

No la superstición. ¡Qué va!, sino la zarpa dentro.

Hasta las trancas.

Las precauciones de quien paga –y manda quien paga–

con la comunicación

son de un cinismo atronador.

Y comunicación es:

Púlpito o cátedra; tarima o escaparate;

Crónica o biografía; ensayo o canción.

Memoria. Memoria de la historia.

Para los trapaceros ideológicos, por defecto,

y los trileros políticos, por exceso,

o los macarras sociales

el mejor libro o artículo

la mejor película o escuela

la mejor homilía o reflexión

son aquellos que pasan de largo en las librerías,

en los quioscos, en las radios o televisiones, en las iglesias.

Es decir el muerto prematuro.

Dudo que el comunicador mienta más

que los rufianes de cualquier poder,

sencillamente interpretamos las cosas con ganas de saber,

con curiosidad permanente y creciente.

El problema entre ellos y nosotros, no es la mentira,

sino la verdad.

La verdad es la peor enemiga de dineros, influjos, propagandas,

poderes, porque solo ella

desnuda, aclara y tumba intereses, acomodos, ajustes,

marketing,

a quien encarga, paga, obliga, engatusa.

La vida del “historiador” y “comunicador” tiene que ser

una incógnita interminable, un espacio ajeno a las normas

por las se que se mueve o detiene un instituto, un centro, un órgano

cualquiera de poder o encaje.

Somos inquilinos de un enigma legendario.

Nuestra realidad no tiene forma ni en la forma cabe.

Una vez que el oficio se adentra en ti,

en ese vasto dominio sin testigos,

todo lo posible es posible. O imposible.

 

  1. Surtido

A un viejo historiador jesuita le oí decir una frase

de la que aún no he sabido desprenderme:

– “A nosotros se nos puede ordenar en dos grupos, amigo Paco:

los que murieron encima de la mesa de trabajo

y los que algún día moriremos de un infarto por no llegar

a donde queremos.

Será difícil librarse de una de las dos opciones.

Yo ya sé lo que es caerme encima de la mesa sin sentido.

Sólo me queda la bala de morir de una angina de pecho”.

Amigo Javier:

El 31 de julio de 2007 caía redondo en la confluencia entre Cuesta Moyano y calle Alfonso XII, en Madrid.

Sólo la pericia de un taxista me libró de la muerte por diez minutos.

Me queda caerme sobre la mesa de trabajo, bajo la mirada altiva

de la curiosidad insatisfecha, de los libros sin concluir,

del letargo indiferente a la ansiedad, como un autómata,

como un prófugo, absorto y desconcertado.

De forma vehemente y arrolladora te recuerdo aquí, amigo Javier,

a uno de los mejores historiadores que conocí, el brillante y cumplido

Santiago Martina. Grande y magnífico humanista y jesuita de fiar.

Ojos de lágrima frecuente por tanto trabajo en la humedad de los

Archivos. Su risa, cuando suelta la boca, parece un gesto más

asustadizo que festivo. El conjuro de alguna premonición:

Nuevo libro sobre Pío IX, donde asoma la noche bruta del Risorgimento y la caída del reino de Roma.

En mesa principal de Congreso en Roma sobre “Salesianos a finales del XIX”, presidida por el insustituible Pietro Braido, a su izquierda Morand Wirth y a su derecha el Historiador Gato, me dirigí a él

con verdadero reconocimiento de discípulo agradecido, al pillarle

entre el público perpendicular a mi sitio.

Como tengo que escoger, le traigo la figura del investigador y filósofo de la historia, Franco Díaz de Cerio,

que me abría hueco primero en la sala de consulta del Archivo Secreto Vaticano,

y después un sitio fijo, junto al suyo,

que desde las ocho de la mañana se enredaba

en el Fondo de la Nunciatura de Madrid,

hasta dejarla organizada para su consulta.

Era capaz de detallar dónde se encontraba cada papel.

También acumulaba supersticiones inocentes y prácticas.

En Filosofía de la Historia

le hice un trabajo sobre “Ortega y Gasset y la conquista

de la conciencia histórica”.

Al final de sus días me dijo que lo conservaba todavía.

“A veces la poesía dice más que la filosofía” (Aristóteles), añadió.

O sea, gracias, profe.

Un profe, en fin, Díaz de Cerio, excelente en sus líneas generales

y de obligada lectura si se quieren escudriñar algunas vertientes

del Archivo Secreto Vaticano.

Desde que Giambattista Vico publicó Principios de ciencia nueva

en el siglo XVIII la Historia más seria es la filosofía de la Historia

en la que Johan Huizinga, Oswald Spengler, José Ortega

y Gasset y, sobre todo, Arnold J. Toynbee dejaron

escritas páginas ejemplares.

 

  1. Aromas

Cuando los gobiernos,

cualquier tipo de gobierno

(pienso ahora en este que tenemos)

se preocupan por la salubridad de la memoria histórica,

de la comunicación, de los cauces informativos –tantos–

es que van a meterles mano descaradamente.

Estático, casi ausente, como un ser deshabitado,

leyendo cada rato una y otra ley,

más que crespa y rota, reparo en la Ley de Enjuiciamiento Criminal

que regulará “por primera vez el acceso a la información

sobre los procesos judiciales” “y establecerá ciertas ‘limitaciones’”.

Por qué. Por qué.

Porque es incalculable su talento para la hostilidad.

Les da absolutamente igual el espectáculo de

trajinar el oficio

adulterar la profesión

sobornar las intenciones

aupar como un gigante sádico la mentira o el apaño.

Demasiados mamoneos

demasiados intrusos

demasiados fueros por la cara bonita.

Llegando a lo más bajo en los resultados

por infinidad de años de méritos. Falsos.

Sobran razones, motivos mejor, para mantener el sitio,

el libro, la cuña publicitaria, la web, el blog.

Desconfió de “historiadores” y “periodistas” que tienen por vocación

única mantener o derribar ellos solos los gobiernos de

instituciones, empresas, naciones.

Sale más a cuenta apasionarse con la densidad de aromas

del documento de archivo. Agresivo. Palpable. Mohoso. Podrido.

Se impregna en la ropa, en la barba, en el pelo, y en las manos

como una invasión, como una cacería, como otra piel.

(Pienso en los archivos de Oñate, de Loyola, de Valladolid,

de Toledo, del Vaticano, de Vitoria, de Madrid).

Se siguen sacando de la chistera semáforos para la profesión

y se multiplican los “caraduras” de la estafa y el robo.

Cómprense un tambor, oigan, y den todos los días la murga

jugando a hacer buzoneo con girabeques

de la “historia” o de “periodismo”. Y todo por no aceptar

que su mandanga es otra.

Qué tiempos aquellos, amigo Javier, qué tiempos.

en que existía “la casta” verdadera.

Pero vuelven los malos tiempos que trajinan nuestro oficio

y vocación. Por eso cuando pongo las citas a pie de página,

de vez en cuando, de cuando en vez, cito mal a posta. Que les den (a los caraduras).

Así los santones de “aplauso y amén”, que viven del cuento

se equivocan. Ja, ja, ja, ja.

Perdóneme, rigurosos maestros de la Gregoriana,

buscadores de la verdad siempre, verdadera “casta científica”,

se me han caído muchas cosas por dentro

de mí mismo. Son 83 años. A gloria de San Juan Bosco. Amén.

Y también a gloria de San Ignacio de Loyola.

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