Encontrar el primer trabajo. Elegir unos estudios. Descubrir una vocación. Poder independizarse. Equivocarse y empezar de nuevo. Construir amistades. Comprometerse con algo. Preguntarse qué hacer con la propia vida.
Crecer siempre ha significado abrir caminos.
Pero no todas las personas jóvenes parten del mismo lugar ni encuentran las mismas oportunidades para recorrerlos.
Cada 12 de agosto, Día Internacional de la Juventud, la mirada se dirige hacia una generación diversa, atravesada por enormes posibilidades, pero también por dificultades que condicionan decisiones esenciales para su presente.
Porque quizá esa sea una de las primeras cosas que conviene recordar: la juventud no es solamente futuro. Es presente.
Más de dos millones de jóvenes en riesgo de pobreza o exclusión
Los datos difundidos por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado español (EAPN-ES) muestran una de las realidades que atraviesa hoy a una parte importante de la juventud.
Según el XVI Informe El Estado de la Pobreza, el 27 % de las personas de entre 16 y 29 años se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social en España. Son más de dos millones. Además, el 20,9 % vive por debajo del umbral de la pobreza.
Las cifras hablan de ingresos, pero detrás de ellas aparecen cuestiones mucho más cotidianas: poder continuar unos estudios, acceder a una vivienda, aceptar o rechazar un empleo, independizarse o comenzar a construir un proyecto propio.
EAPN-ES recuerda además que estas desigualdades no aparecen de repente al llegar a la juventud. Crecer en hogares con bajos ingresos, sufrir inseguridad residencial o tener un acceso desigual a la educación, los cuidados o la protección social condiciona también las oportunidades posteriores.
Emanciparse, un camino cada vez más difícil
Tener un lugar propio sigue siendo uno de los grandes retos.
En 2025, solamente el 14,6 % de la población joven estaba emancipada, prácticamente la mitad que en 2008.
Y entre quienes consiguen independizarse viviendo en situación de pobreza, el esfuerzo destinado a pagar la vivienda puede alcanzar el 48,5 % de sus ingresos.
El empleo tampoco garantiza siempre poder construir una vida autónoma. La tasa de desempleo juvenil se sitúa en el 18,6 %, frente al 10,5 % del conjunto de la población, mientras continúan siendo elevados los niveles de temporalidad y parcialidad.
Son porcentajes. Pero también son decisiones que se aplazan.
Una habitación que no se puede pagar.
Un proyecto que tendrá que esperar.
Un trabajo que se acepta aunque no permita avanzar.
O la sensación de que aquello que durante años se presentó como el siguiente paso natural (estudiar, trabajar, independizarse…) resulta cada vez más difícil de alcanzar.
Mucho más que sus dificultades
Pero sería injusto contar a toda una generación únicamente desde la precariedad.
Porque hay también una juventud que estudia, trabaja, crea, participa, se organiza, hace voluntariado, cuida, celebra, busca respuestas, se compromete y trata de encontrar su lugar en el mundo.
Este verano hay jóvenes compartiendo campamentos y encuentros, animando actividades con infancia y adolescencia, participando en asociaciones y grupos, aprendiendo un oficio, colaborando en proyectos sociales, viviendo experiencias de fe o preguntándose por primera vez qué quieren hacer con su vida.
Hay quienes tienen el camino más despejado y quienes necesitan mucho más apoyo para poder recorrerlo.
Quienes parecen tenerlo claro y quienes todavía están buscando.
Quienes necesitan una oportunidad.
Y quienes, muchas veces sin hacer demasiado ruido, ya están generándola para otras personas.
Reconocer las dificultades de la juventud no significa definirla por ellas.
Estar cerca
Para la mirada salesiana, hablar de jóvenes significa inevitablemente hablar de presencia.
Estar cerca.
Escuchar.
Conocer el nombre.
Compartir tiempo.
Generar confianza.
Ofrecer oportunidades.
Acompañar sin sustituir.
Todo eso sucede cada día en lugares muy diferentes: un patio, un aula, un centro juvenil, una parroquia, un taller de Formación Profesional, un proyecto social, una comunidad, una actividad deportiva o un grupo de tiempo libre.
A veces acompañar comienza simplemente con alguien que pregunta: “¿Cómo estás?”.
Y se queda a escuchar la respuesta.
No siempre se trata de ofrecer inmediatamente una solución. Muchas veces consiste en ayudar a descubrir capacidades, sostener los momentos de dificultad, abrir posibilidades y confiar incluso cuando la propia persona todavía no es capaz de hacerlo.
Porque educar es también creer que cada joven puede escribir su propia historia.
Escuchar para dejar protagonismo
EAPN-ES pone este año especial énfasis en otra cuestión: las personas jóvenes deben participar en el diseño de las políticas que afectan a sus vidas.
La organización reclama respuestas públicas ante problemas estructurales como la vivienda, el empleo de calidad, la protección social, la salud mental o la discriminación, pero recuerda también que esas respuestas no pueden construirse sin escuchar a quienes viven esas realidades.
Y ahí aparece otro desafío.
Porque escuchar no consiste solamente en dejar hablar.
Escuchar supone aceptar que una opinión pueda modificar una decisión.
Dar responsabilidades.
Hacer espacio a nuevas iniciativas.
Permitir equivocarse.
Confiar.
Pasar de pensar propuestas para la juventud a construir también con ella.
El protagonismo juvenil no comienza cuando alguien alcanza determinada edad o dispone de todas las respuestas. Comienza cuando descubre que su voz importa y que puede contribuir a transformar lo que sucede a su alrededor.
La juventud es presente
Durante generaciones hemos repetido que los jóvenes son el futuro.
Y lo son.
Pero antes de ser futuro son quienes hoy llenan patios y aulas, empiezan a trabajar, estudian, buscan empleo, hacen voluntariado, cuidan a otras personas, reivindican derechos, participan en sus barrios, celebran, dudan, rezan, se enamoran, se equivocan y vuelven a intentarlo.
Son quienes están tratando de descubrir qué quieren hacer con su vida mientras el mundo cambia alrededor.
Por eso este 12 de agosto es también una invitación para quienes acompañan a la juventud.
A mirar más allá de las cifras.
A reconocer las desigualdades y trabajar para transformarlas.
A crear oportunidades.
A abrir espacios donde participar.
A permanecer cerca cuando las cosas se complican.
Y, especialmente, a confiar.
Porque quizá una de las mejores cosas que podemos ofrecer a una persona joven no sea decirle qué camino tiene que seguir.
Sino ayudarle a descubrir que puede construir el suyo.











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