La almohada

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

15 noviembre 2022

Llegué junto con cinco docenas de hermanas mías. Un carro nos trasladó desde la fábrica textil donde habíamos nacido hasta el Oratorio de Valdocco.

El Oratorio bullía de actividad. Don Bosco intentaba acomodar a más de cincuenta muchachos que, tras perder a sus padres en la guerra contra Austria, vagaban huérfanos por Turín. Las secuelas de las batallas de Magenta y Solferino seguían presentes.

Inmediatamente supimos nuestro destino. Éramos almohadas para las camas de los huérfanos. Nos comprometimos a velar los sueños de aquellos pequeños que, a pesar de sus cortos años, ya conocían el dolor. Nos distribuyeron por literas de madera recién construidas.

Me concentré pensando cómo transformar las pesadillas de aquellos muchachos de corta edad en sueños cargados de futuro. Imaginé la mejilla tibia de un niño dormido sobre mi tela.

De pronto unas manos recias me sacaron de mis reflexiones. Con horror comprobé que estaban completas todas las literas. ¡Yo sobraba! Me separaron del resto de mis compañeras. Quise protestar… Tras unos minutos, alguien dijo que mi destino sería la habitación de Don Bosco.

Cuando me percaté de que Don Bosco era un cura, mis proyectos se desvanecieron. Me vi condenada de por vida a sostener la cabeza de un cura que probablemente se dormiría musitando oraciones en latín… y añorando el pasado.

Me trasladaron a una pobre habitación. Me colocaron una sencilla funda bordada en otros tiempos por Mamá Margarita. Esperé la noche.

De esta historia han transcurrido casi veinte años. Todavía sonrío al recordar lo equivocada que estaba.

En este largo tiempo he tenido el privilegio de sentir “el sueño” y “los sueños” de Don Bosco al que todos llaman “soñador”. Mientras duerme imagina un futuro cargado de promesas para sus chicos; despierto, trabaja para hacerlo realidad.

He sostenido su cabeza abrumada por el peso de las deudas. Juntos hemos viajado hacia lejanos lugares atravesando océanos… porque su vida se prolonga hasta cualquier rincón del mundo donde haya un joven esperando nuevas oportunidades.

He sentido sus lágrimas de impotencia al no poder arrancar de las garras de la muerte a alguno de sus chicos. He escuchado sus oraciones al Dios que le toma de la mano en el silencio de la noche.

He gastado mi vida de almohada velando los sueños de Don Bosco. Siempre he estado envuelta en aquella funda que un día bordó Mamá Margarita; la madre buena que le enseñó a interpretar los sueños como llamada, misión y proyecto de Dios.

Nota: Durante el mes de junio de 1859 la guerra de Francia y Piamonte contra Austria deja una larga secuela de huérfanos. Don Bosco ampliará el Oratorio para acoger a muchos de ellos (MBe VI, 194).

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