La botella de aceite

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

6 septiembre 2022

Yo era una botella de aceite de oliva. Llegué al mercado de Castelnuovo en el carromato de un comerciante napolitano. El color amarillo de mi cuerpo atraía la mirada de las lugareñas. Me compró una mujer decidida. Todos la llamaban Mamá Margarita. Pagó cincuenta céntimos de lira. Escaso valor para el vendedor ambulante; elevada cantidad para la campesina.

Mi destino fue una humilde casita de I Becchi. El frágil vidrio de mi botella se echó a temblar al contemplar a los tres hijos de Margarita. Juguetones, alegres, inquietos… cualquier movimiento en falso podía malograr mi delicada existencia.

La buena mujer, conocedora del riego que corría mi cuerpo de cristal, me depositó en lo alto del armario de la cocina. Respiré tranquila. Aquella altura garantizaba mi supervivencia.

Durante varias semanas contemplé la profunda sencillez de aquella familia. Margarita, viuda desde hacía unos pocos años, aprovechaba cualquier oportunidad para educar a sus pequeños.

Una mañana aciaga ocurrió lo inesperado. Margarita había ido al mercado. El silencio de campos y prados se había adueñado de la casa. De pronto la puerta se abrió sigilosamente. Entró Juan, el menor de los tres hijos de Margarita. Alzó la mirada. Me contempló. Cogió una silla. La arrastró hasta ponerla junto al armario. Se encaramó. Extendió la mano derecha… Sentí el calor tibio de la palma de su mano. Intentó rodearme con sus dedos. Eran demasiado pequeños para abarcar mi cuerpo…

Cuando se dispuso a bajarme de la altura, cerré los ojos ante el inminente desastre. Segundos después mi cuerpo se hacía añicos contra el suelo de tierra pisada. Juan intentó remediar la tragedia. Retiró mi cuerpo fracturado. Pero nada pudo hacer para eliminar la mancha que mi sangre amarilla dejó sobre el piso. El pequeño salió tembloroso y azorado de la estancia.

Tras varias horas de silencio, se abrió nuevamente la puerta. Entró Margarita con rostro adusto. Dispuesta a la reprimenda. Le seguía Juan, silencioso y cabizbajo. Pero antes de que comenzara a hablar, Juanito extendió su mano y le ofreció una vara de mimbre decorada a punta de navaja. La madre quedó sorprendida. Juan rompió el silencio: “Madre, le he preparado esta vara para que me mida con ella las costillas sin tener que molestarse…”.

Mi existencia de botella de aceite se desvanecía definitivamente. Temí que Margarita rompiera con sus gritos el sosiego de mis últimos momentos. Pero no hubo golpes ni reproches amargos. La buena madre, con admirable serenidad, mostró a su hijo las consecuencias de actuar sin reflexionar.

En el mismo momento en que yo marchaba hacia el paraíso de las botellas de aceite, me pareció detectar en el rostro del muchacho una sonrisa pícara, hábil y apenas perceptible… Abandoné este mundo con una pregunta: ¿qué sería de aquel pequeño que tan bien conocía el corazón de su madre? ¿Qué depararía la vida a aquel muchacho que, a pesar de sus cortos años, era capaz de unir tan hábilmente: bondad, humildad y astucia? ¡Cuánto me hubiera gustado verle de mayor!

Nota: Juan Bosco niño rompe una botella de aceite que Mamá Margarita guarda sobre el armario de la cocina. Consciente del destrozo, el pequeño prepara una vara que ofrece a su madre cuando ésta regresa del mercado. Viendo tanta nobleza, Margarita le perdona. Le hace ver la importancia de prever las consecuencias de nuestros actos. (Memorias Biográficas I, 74-75).

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