La cruz de san Lázaro y san Mauricio

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

15 febrero 2022

Un galardón distinto

Soy la Cruz de san Lázaro y san Mauricio. Me cabe el honor de ser la más alta distinción que otorga la casa real de Saboya a los ciudadanos que mejoran la sociedad.

Llegué al Oratorio de Valdocco en carruaje real. Descansaba recostada en el interior de una pequeña caja de caoba forrada con terciopelo verde. Me acompañaba una carta sellada y firmada por el rey. En ella se mencionaban los méritos contraídos por el sacerdote Juan Bosco para merecer el galardón: ofrecer hogar, alimento y educación a los chicos pobres de Turín.

Mi cuerpo estaba formado por dos cruces. La primera simbolizaba la abnegación de los Hermanos de San Lázaro, dedicados a la cura de leprosos durante Las Cruzadas. La segunda rememoraba el valor de los caballeros de San Mauricio.

El emisario real dirigió a Don Bosco unas escuetas palabras. Me depositó en sus manos. Cumplido el protocolo, regresó al palacio real.

Minutos después Don Bosco abría la carta y el estuche en su habitación. Sentí su mirada. Me sopesó. Valoró el material de mi cuerpo. Me depositó sobre la mesa. Luego, se acercó a la ventana. Observó a los muchachos que jugaban. Y, como quien enfrenta una tentación, regresó a mí. Yo le esperaba dispuesta a colgar para siempre de su pecho.

Pero nada de eso ocurrió. Respiró hondo. Abrió el cajón del escritorio. Me depositó en él. Cerró. Cuando quise darme cuenta, me hallaba sumergida en la oscura soledad del desinterés.

Varios días después me despertó una conversación. Se abrió el cajón. El joven sacerdote me tomó entre sus manos. El metal dorado de mi cuerpo reflejó la luz. Observé al interlocutor: era un conde de porte distinguido y educados modales.

Presté atención a las palabras de Don Bosco. Con horror descubrí que estaba negociando. ¡Despreciaba el honor y la gloria que yo pregonaría desde su pecho! ¡Pretendía canjearme por 500 liras anuales! Palidecieron mis colores. Me cercaron las tinieblas del desprecio.

Ante la insistencia del conde, Don Bosco protestaba: “Compréndalo, señor conde: ya tengo bastantes cruces; no necesito una más. Lo que preciso es dinero para seguir alimentando, vistiendo y educando a estos chicos que tan sólo me tienen a mí”.

Todavía no sé por qué lo hice. Lo cierto es que accedí a que me tasaran. Y así me convertí en pan y polenta, en libros y cuadernos, en prendas de vestir y zapatos. Di un nuevo sentido a mi vida… y valió la pena. El Oratorio de san Francisco de Sales recibió, durante mucho tiempo, 500 liras anuales: el precio en el que me valoraron.

Luego, Don Bosco me relegó al fondo del cajón. Nunca me colocó sobre su pecho ni me mencionó. Pero no le guardo rencor. Cada vez que uno de sus muchachos le sonríe, él recibe la más alta de las distinciones. Y yo, aceptando que me tasara, contribuí a convertir las sonrisas agradecidas de sus chicos en el mejor de los galardones.

Nota: 1852. Octubre. La casa real otorga a Don Bosco la Cruz de San Lázaro y San Mauricio. Don Bosco solicita al conde Cibrario cambiarla por 500 liras anuales. Recibió las 500 liras hasta 1885. Nunca condecoró su pecho con la distinción recibida ni la mencionó (MBe IV, 375-377).

Fuente: Boletín Salesiano

https://issuu.com/boletinsalesiano_es/docs/boletin_salesiano__mayo_2016

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