Los Evangelios mencionan a Jesús triste en varios momentos de profunda humanidad. Por la muerte de su amigo Lázaro, “Y Jesús lloró…” (Jn 11:35), también al contemplar Jerusalén, “Cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella…” (Lc 19:41) y en la oración en el Huerto, “mi alma está destrozada de tanta tristeza, hasta el punto de la muerte…” (Mt 26:38).
En la educación de los hijos y en la vida propia de alguien con corazón salesiano, a veces puede ser difícil combinar “la alegría como santidad” de Don Bosco, con la realidad del sufrimiento.
Podemos caer en la tentación de trasladar a otros que, poniendo máscaras de sonrisa y chanzas, somos más santos, más salesianos, más cristianos. Las redes sociales están llenas de escenarios ideales y buenas caras… Lo que no es negativo en sí mismo cuando es auténtico. No se trata de promulgar la tristeza, de ningún modo, pero sí de permitir el sufrimiento y su expresión. No solo permitirlo, es clave acompañarlo.
El esfuerzo que un adolescente realiza por pertenecer al grupo es titánico. Así, es en casa donde muestra su dolor, su inseguridad, su frustración. Monosílabos y caras serias contrastan con las sonrisas del aula, la calle o la discoteca. ¿El problema es la familia? Normalmente no.
Ante la adversidad
Una de las grandes dificultades actuales radica en la baja resiliencia que muestra esta generación ante la adversidad. Los padres tratan de evitar el sufrimiento en vez de entrar con sus hijos de la mano en esa situación complicada, y desde ahí ser ejemplo de cómo se atraviesa la cruz y mostrar dónde se pueden anclar y qué lugar ocupa Jesús.
Cuando trasladamos que la tristeza es de gente débil o poco cristiana, estamos dejando solos a nuestros jóvenes que se callan o esconden esos sentimientos tan claves y tan santos que Dios se hace más presente ahí que en ningún otro.
No carguemos con fardos pesados a nuestros hijos, haciéndoles sentir que los malos momentos se ocultan o se enmascaran. “Jesús lloró”. Pero hay más… Jesús oró a su Padre y Padre Nuestro y resucitó para la Salvación de todos nosotros.
De ahí nace la alegría de la que hablaba Don Bosco: es Dios quien nos rescata del dolor. El joven que aprende esto tiene el mayor tesoro. Cuando ríe, es de verdad. Cuando se siente mal lo expresa con libertad y busca su restauración en Jesús.




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