La lámpara de gas

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

26 marzo 2024

Una nueva luz

Nací en la fábrica “Gas e luce Torino”. Tanto yo, como cientos de hermanas mías, llevábamos impreso el sello del progreso. La intensa y brillante luz que brotaba de nuestras cabezas mejoraba el alumbrado de los hogares de la ciudad.

Protegieron mi frágil cuerpo con un embalaje de cartón. Días después me trasladaron a un modesto edificio. Me desembalaron. Abrí los ojos. Percibí enseguida que la pobreza de aquel lugar contrastaba con las voces alegres de decenas de muchachos. Orgullosa, me apresté a cumplir mi misión de lámpara de gas: combatir la oscuridad.

Recuerdo mi primera noche de trabajo. Un cura joven, al que llamaban Don Bosco, me tomó. Observó mi cuerpo. Mis piernas estaban formadas por un pequeño depósito de metal que guardaba trozos de un mineral llamado carburo de calcio. Mi pecho era un depósito superior que contenía agua. Don Bosco abrió mi minúsculo grifo. El agua goteó levemente sobre el carburo… y el mineral emanó un gas que ascendió hasta el fino orificio de mi cabeza, protegida por un cilindro de cristal.

Los muchachos estaban expectantes. Don Bosco les ordenó que se apartaran. Encendió una cerilla. La acercó lentamente al gas que surgía por el fino orificio. Y éste se inflamó con un brillo intenso y mantenido. Llené de luz la habitación. Estallaron los vítores de los chicos. Se iluminó el rostro de Don Bosco.

Así fue como mis hermanas y yo nos enseñoreamos del Oratorio. No tuvimos piedad de los viejos quinqués de aceite y sebo. Les afeamos su luz mortecina. Nos burlamos de su olor a grasa quemada. Les obligamos a hacinarse en cajas desvencijadas. Desde aquel día, vestí de luz las noches del Oratorio.

Con el paso de los años, el uso me envejeció. Un día aciago llegaron unas poderosas competidoras: las bombillas eléctricas. Me miraron con desprecio desde su altura. Me arrumbaron en el desván junto a objetos obsoletos. Me sumí en una amarga depresión que duró casi un siglo.

Pero un anticuario vino a rescatarme hace unos años. Devolvió a mi cuerpo su antiguo brillo. Me colocó en el escaparate de su tienda de antigüedades: «Vecchi ricordi» (Recuerdos antiguos). Sobre mi etiqueta imprimió identidad y precio: Lámpara de gas de Don Bosco (199 €).

El año pasado, el autor de este relato reparó casualmente en mi letrero. Entró en la tienda. Sintió emoción al tomarme entre sus manos. Pero luego, creció la duda en su mente. Yo intenté decirle que mi identidad era cierta. Pero él no escuchó mis gritos de silencio… Marchó. Nunca más le he vuelto a ver.

A día de hoy sueño todavía con abandonar el sepulcro del olvido en el que estoy relegada.

Nota: Diciembre 1859. El Oratorio introduce lámparas de gas en su iluminación. Atrás quedan los quinqués alimentados con aceite o grasa animal y las velas de cera. Las nuevas lámparas ofrecen una luminosidad clara y diáfana. Fueron donación de la empresa «Gas e Luce Torino» (MBe VI, 376).

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