La licencia de obras

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

11 julio 2023

El sutil destino de un impuesto

Los impuestos tenemos una larga historia. Nuestro origen se pierde en la noche de los tiempos. Reyes, monarcas y gobernantes han hecho de nosotros sus inseparables compañeros. Pero no vivimos anclados en el pasado. Somos maestros en el arte de adquirir nuevos nombres y apariencias. Desarrollamos formas sutiles de auparnos sobre la espalda del pueblo que nos sufre con lacerante resignación.

Soy un impuesto conocido como: “licencia de obras”; el inexcusable permiso del ayuntamiento para iniciar una construcción, previo pago de una onerosa cantidad.

Todavía recuerdo las extrañas circunstancias de mi nacimiento. Era el mes de julio. Don Bosco promovía un nuevo proyecto: la construcción de la iglesia de san Francisco de Sales. El cobertizo Pinardi se había quedado pequeño. En él se hacinaban doscientos chicos y aprendices que habían aprendido a llamar a Dios, Padre; y a la Virgen María, Auxiliadora.

Todo estaba previsto: el solar; los planos; la lotería para recaudar fondos… Y se procedió a colocar la primera piedra. Los vítores de cientos de muchachos dieron calor a la frialdad institucional de varios próceres civiles y eclesiásticos.

Pero, cuando la noche tendió su manto sobre el Oratorio, Don Bosco reparó en mi ausencia. Error imperdonable. Sin mi presencia: multas, amenazas, paralización de las obras…

Todavía no sé cómo ocurrió. Lo cierto es que, al día siguiente, alguien del ayuntamiento tomó entre sus manos un lujoso papel timbrado. Redactó las palabras de mi cuerpo. Cada línea era un canto de agradecimiento a Don Bosco por el bien que hacía. Junto a mi cuerpo de tinta y papel, una nota: “Aunque usted debería haber solicitado y retirado la correspondiente ‘licencia de obras’, hemos previsto la gratuita concesión de la misma”.

Cuando recalé en el Oratorio, me asaltó una duda: las licencias de obra, sin los pagos correspondientes, somos como un cuerpo sin alma. Nuestra misión es recaudar tributos. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Quedaría relegada en el limbo de los impuestos?

Pero nada fue como recelé. Don Bosco y sus muchachos infundieron un soplo de vida y alegría a mi cuerpo de papel. Mi presencia contribuyó a que aquel sencillo templo se levantara sin incidencias. Fui feliz.

Cuando concluyeron las obras, me relegaron al olvido.

A día de hoy, tan sólo los historiadores me sacan a la luz de tanto en tanto. Me acarician con la frialdad de sus guantes blancos de látex. Me miran. Me miden. Me fotografían… pero nadie rinde homenaje a las manos anónimas que dieron forma gratuita a mi cuerpo… Y lo que es más grave: nadie escucha los latidos que Don Bosco y sus chicos pusieron en mi corazón de papel timbrado.

Nota: Junio de 1851. Se coloca la primera piedra de la Iglesia de san Francisco de Sales en el Oratorio. Asiste un nutrido número de personalidades y jóvenes. El ayuntamiento de Turín hará llegar a Don Bosco una “licencia de obras” exenta del pago de impuestos (MBe IV, 251-252).

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