La madriguera del conejo

15 enero 2026

Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), matemático, lógico, fotógrafo aficionado y escritor británico, quien usó el pseudónimo por el que es conocido de “Lewis Carroll”, escribió numerosos poemas, cuentos y ensayos de lógica y matemática. Su obra más conocida fue Alicia en el País de las maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland) publicada el 26 de noviembre de 1865 y su secuela Alicia a través del espejo (Through the looking-Glass) en 1871. Ambas obras fueron ilustradas por el dibujante inglés John Tenniel (1820-1914). Su éxito fue inmediato, considerándose obras pioneras de la literatura sin sentido.

El origen de la famosa novelita fantástica parece encontrarse en un bucólico y aburrido paseo en barco por el río Támesis. El 4 de julio de 1862, en una de estas excursiones, junto a las hermanas Liddell (Lorina, de trece años, Alice, de diez y Edith de ocho) hijas de Henry G. Liddell (1811-1898), decano del Christ Church College en la Universidad de Oxford, les contó una historia improvisada para animarlas. Las niñas quedaron entusiasmadas. Carroll la puso por escrito e incluso la ilustró personalmente para regalársela en septiembre de 1864. Así, una de las historias más famosas de la literatura inglesa, nació como un cuento improvisado.

Esta historia comenzó con la caída de Alicia en una madriguera de conejo, entrando así en un mundo fantástico lleno de criaturas absurdas y situaciones ilógicas (“metiendo a mi heroína por una madriguera de conejo sin la menor idea de lo que iba a suceder después”). La historia acaba con su despertar, pues todo había sido un sueño.

La obra ha sido objeto de múltiples interpretaciones: psicológicas, matemáticas, espirituales y religiosas. La expresión más icónica, la madriguera del conejo, proviene del momento en que Alicia cae por una madriguera (los túneles que excavan los conejos y otros animales) y entra a un mundo fantástico y, a veces, surrealista, sin sentido y caótico. Desde entonces, se usa para describir situaciones donde uno se ve arrastrado por una cadena de eventos e ideas que se vuelven más profundas, desconcertantes y complejas. En Psicología, se refiere a personas que se sumergen en teorías conspirativas o de otro tipo, alejándose de la realidad compartida y relacionándose sólo con quienes comparten sus creencias. También se aplica a la experiencia digital de perderse en búsquedas interminables en la web, donde una simple curiosidad lleva a abrir múltiples pestañas y temas diversos y cada vez más alejados del tema original. En investigación, es cuando una búsqueda lleva a descubrimientos inesperados y ramificados. En la cultura pop, sirve para describir experiencias inmersivas, como videojuegos, películas o debates filosóficos. En literatura, es la creación de mundos verosímiles, pero a la vez fantásticos y mágicos que atrapan la atención y curiosidad del lector. En espiritualidad, sirve como símbolo de iniciación o descenso a niveles más profundos de la propia conciencia.

En películas como Matrix (1999), o El Código da Vinci (2006, sobre el famoso libro de 2003 de Dan Brown), “la madriguera del conejo” plantea la columna vertebral del argumento de dichas películas. En Matrix, es como un viaje iniciático que se va ramificando y no se sabe a dónde te va a llevar o a dónde va a ir a parar; en El Código da Vinci, se van abriendo distintas posibilidades, todas ellas muy diferentes y unidas por el escritor.

Y en el mundo católico y salesiano, ¿Cómo aplicaríamos esta metáfora tan actual y sugerente? Pues animando e invitando a todos los que se acercan a nosotros a entrar en el Misterio de la fe, penetrando sin miedos en un mundo nuevo, lleno de maravillas, abierto a lo inesperado y con espacios sin explorar para construir el Reino de Dios anunciado por los profetas y realizado por Jesús, el Cristo, que nos descubre la profundidad del Evangelio. Un camino progresivo y complejo en el que se van viviendo diversas etapas (iniciación, formación, misión, vida sacramental…) y encontrando unos personajes (catequistas, religiosos, laicos comprometidos…) que nos acompañan, suscitan interrogantes, ofrecen respuestas e interpelan.  Y, no menos importante: nos pone  en guardia ante la posibilidad de convertir nuestra pastoral en auténticas “trampas” sin salida, capaces de enjaular y atrapar a personas débiles y heridas abriéndoles falsos caminos con expectativas ciegas, engañosas y falaces.

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