La primera estatua de la Virgen

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

3 mayo 2022

Nací humilde. Me crearon las manos de un artesano sin renombre que se ganaba la vida modelando estatuas de la Virgen de la Consolación, la patrona de Turín. El artesano que me fabricó remojó abundantes trozos de papel. Añadió engrudo de harina y cola. Vertió yeso en la masa. Me modeló con gestos rutinarios. No había emoción en sus manos. Cuando mi cuerpo secó, decoró mi rostro… Me vi convertida en una sencilla estatua de cartón piedra.

Días después un joven sacerdote me adquirió por 27 liras. Me imaginé sobre el altar de alguna iglesia. Soñé devotas plegarias musitadas a media voz… Pero nada fue así.

Cuando el joven sacerdote me desembaló, me inundaron los vítores de cientos de niños y jóvenes. Se arremolinaban llenos de alegría… Con horror comprobé cómo aquellos chicos se afanaban por tocarme. Temí por mi integridad. Las estatuas de cartón piedra quedamos malheridas con el más leve golpe…

Don Bosco, que así se llamaba el sacerdote, me colocó en la hornacina de un pobre cobertizo que hacía las veces de iglesia. Lo hizo con cariño y respeto. Intuí que había llegado al mejor de los lugares. Terminaron por convencerme aquellos muchachos que, arrodillados ante mí, rezaban como quien conversa con una madre. Los hice un lugar junto a mi Hijo Jesús.

Todavía sonrío al recordar aquel día en el que llegaron hasta mí varios chicos mayores. Me bajaron de la hornacina. Sentí la caricia recia de sus manos encallecidas. ¿A dónde me llevaban?

Me colocaron sobre unas andas. Me adornaron con guirnaldas y flores. Comenzó la procesión por los prados que rodeaban al Oratorio. Se disputaban el honor de llevar las andas. Temí. Un traspié sería mi final. Pero los muchachos, ajenos a mis preocupaciones, hacían de su alegría, oración.

Durante más de diez años compartí sus esperanzas, sequé sus lágrimas, escuché sus cantos… sobreviví a sus procesiones. Pero el drama de mi vida ocurrió al abrigo de la noche.

Don Bosco había decidido demoler el cobertizo: necesitaban espacio. Me bajó de la hornacina. Me depositó sobre el suelo. Reinaba la oscuridad. Escuché pasos sigilosos. Unas finas manos me tomaron. Me envolvieron con ricas telas. Un lujoso carruaje que me trasladó lejos… muy lejos.

Cuando vi la luz, me hallaba en otra ciudad. Una familia noble cuidaba de mí… Me trataban como la mejor reliquia de los primeros años del Oratorio. Pero yo no quería ser una reliquia. ¡Yo deseaba estar junto a los chicos del Oratorio!…

Muchos años después regresé al Oratorio… donde permanezco hasta el día de hoy. Recibo a gentes de todos los países. Muchos ojos se fijan en mí. Muchos labios me dirigen una oración. Pero nunca olvidaré a aquellos muchachos de Don Bosco. Para ellos nunca fui un recuerdo del pasado, sino una Madre que los quería y ayudaba a transformar el sufrimiento en esperanza; la educación en oportunidad de futuro.

Nota: Año 1846. Recién alquilado el Cobertizo Pinardi, Don Bosco compra una estatua de cartón piedra de la Virgen de la Consolación, patrona de Turín. Esta imagen presidirá el Oratorio durante sus diez primeros años. En 1856, aprovechando obras de remodelación, don Juan Fco. Giacomelli, sacerdote amigo y colaborador de Don Bosco, sustraerá la estatua y la llevará a su ciudad de Avigliana “porque quería tener consigo el mejor recuerdo de los inicios del Oratorio” (MBe V, 388).

 

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