Las huellas de la oración

Aprendiendo a Vivir

26 enero 2023

Abel Domínguez

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La oración, vivida con intensidad y profundidad, nos deja huellas, incluso aunque no nos hayamos dado cuenta.

Dicen que quien recorre algunos caminos o visita algunos lugares acaba siendo transformado por ellos. Hay experiencias que nos cambian la vida y de las que salimos de forma diferente a las que entramos.

Quizás estemos pensando con estas palabras en grandes viajes o experiencias intensas y fuertes, emocionantes y espectaculares. Sin embargo, son las pequeñas cosas del día a día, los pequeños momentos de nuestra agenda los que realmente pueden hacer de nosotros nuevas personas.

Cuando nos adentramos en el camino de la oración cristiana, rara vez hay algo de espectacular o milagroso. Muy rara vez. Sin embargo, es una de las experiencias que, vivida cotidianamente, puede cambiar a quien la vive. Un cambio lento y progresivo, como el de una flor que, sin darnos cuenta ni saber cómo, se abre y se nos muestra en toda su belleza.

Sin darnos cuenta

La oración, vivida con intensidad y profundidad, nos deja huellas, incluso aunque no nos hayamos dado cuenta.

La huella de la paz, cuando en las palabras que meditamos encontramos el consuelo y el sosiego que necesitamos.

La huella de la incomodidad, cuando el evangelio es más radical de lo que esperamos y descubrimos que estamos aún muy lejos de vivirlo.

La huella de la capacidad de escucha, cuando no convertimos la oración en un monólogo con una lista de cosas que pedir, sino que dejamos el silencio necesario para la lectura atenta de la Palabra en la que poder escuchar lo que Dios tiene que decirnos.

La huella de una vista más clara y profunda de todo lo que me rodea, porque aprendo a mirar la realidad con una mirada nueva.

La huella de la humildad, porque descubrimos nuestra pequeñez al lado del amor infinito, inmenso e incondicional de Dios.

La huella de la generosidad, cuando dedicamos a la oración la mejor de nuestras actitudes, el mejor momento de nuestro tiempo y nos comprometemos a que las cosas cambien. Las de dentro y las de fuera de nosotros mismos.

La huella de la serenidad en el trato con las personas, en nuestro lenguaje, en nuestra forma de expresarnos. Porque hemos descubierto en la oración que quienes nos rodean son mis hermanas y hermanos.

La huella de la mirada crítica de quien no se conforma con el mundo tal y como está o de quien no dice “yo soy así y así seguiré”, sino que hace del evangelio y la oración un momento para descubrir el mundo que Dios quiere y para lanzarse a construirlo en comunidad.

Las huellas, estas que hemos dicho y muchas más, que no son ni más ni menos que el testimonio de que por nuestras vidas han pisado y pasado el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús. Y cuando Jesús pasa, todo es diferente. Todo se transforma. Feliz año nuevo.

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