Esta frase nos trae a la memoria otra que Don Bosco dirigía a sus muchachos: “Yo por vosotros estudio, por vosotros trabajo, por vosotros vivo, por vosotros estoy dispuesto incluso a dar mi vida”.
“Lo que no se da, se pierde” expresa una paradoja vital que late en el corazón de la fe cristiana: la lógica de la gracia y de la donación. Frente al esquema del mundo -donde retener, acumular y asegurar parecen las únicas vías para la estabilidad-, la perspectiva creyente invierte la fórmula. El amor, la fe y la propia vida no son bienes estáticos que se puedan guardar en un cofre; son corrientes de agua viva que, si se estancan, terminan por corromperse.
A imagen suya los creó
Desde la creación, el ser humano ha sido pensado a imagen de un Dios que es amor superabundante. Dios no retiene nada para sí; se da por entero en su Hijo y se derrama continuamente a través del Espíritu Santo. Por eso, nuestra vocación más profunda no es la autoconservación, sino la entrega. El Evangelio lo resume con rotundidad: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Cfr.: Mt 16,25; Lc 9,24; Jn 12,25). La vida creyente no se mide por lo que logramos almacenar, sino por la capacidad de desprendernos.
Cuando guardamos un talento por miedo a arriesgarlo -como el siervo de la parábola-, el talento no permanece intacto; pierde su razón de ser y se marchita. El perdón guardado se transforma en rencor; el tiempo retenido egoístamente se convierte en hastío; la fe no compartida se apaga en la tibieza. Lo que no se convierte en regalo se vuelve una carga o una ilusión vacía.
Dar no implica empobrecerse, sino entrar en la dinámica de la providencia. El pan multiplicado en el Evangelio (cfr.: Mt 14,13-21) no aumentó en las manos de Jesús hasta que comenzó a repartirse. Al dar, abrimos espacio en nuestro interior para recibir más. La entrega no es una pérdida, sino el único modo de asegurar lo que realmente importa para la eternidad.
Como Don Bosco, al final del camino, nos presentaremos ante Dios, no con las manos llenas de riquezas acumuladas, sino con las manos desgastadas por el servicio. Todo lo que entregamos por amor ha sido rescatado del olvido y guardado en el corazón de Dios. Lo que guardamos para nosotros, en cambio, se escabulle entre los dedos.
Solo lo que se da permanece para siempre.




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