Miradas cómplices
Yo era el remedio que los médicos recetaban para paliar el sufrimiento de los ojos fatigados. Nací para teñir las miradas con el color frío y azul de mis cristales.
Un buen día, me colocaron en las manos de Don Bosco. Me sopesó durante unos segundos. Me colocó ante sus ojos. Respiró con preocupada resignación… Mi corazón de cristal comprendió enseguida que lo que le incomodaba no era el peso de mi montura. Le agobiaba no poder escribir con una visión nítida. Le abrumaba que las letras iniciaran con frecuencia una inoportuna danza sobre el papel. Le preocupaban los muchos libros que tenía proyectados, las cartas por escribir y un sinfín de historias por contar.
Todavía recuerdo la incómoda condición a la que me sometió: solo me usaría dentro de su habitación. Y así fue. Mientras el Oratorio rebosaba de voces juveniles, yo permanecía prisionero en el calabozo del cajón de su escritorio. Me resigné a escuchar a lo lejos las voces y las risas de los chicos por los pasillos y en el patio. Me recomía la soledad a la que había sido relegado. Los anteojos de cristales azules también deseamos poder contemplar la vida.
A las pocas semanas, aumentó mi preocupación. La mirada de mi dueño no se resignaba a observar la vida a través del frío color azul de mis cristales. Él ansiaba contemplar con afecto el rostro y el alma de sus muchachos.
Una noche ocurrió lo inesperado. Cansado de soportar el puente de mi montura sobre su nariz, Don Bosco me dejó sobre la mesa. De pronto, un movimiento brusco. Caí al suelo de la habitación. Sentí un agudo dolor en mi cristal izquierdo. Algo se había quebrado en mí.
Pero aquel incidente dio nuevo sentido a mis días. Cuando me vi maltrecho, nació una profunda complicidad con mi dueño. Ambos teníamos un defecto. Él en sus ojos. Yo, en mi cristal izquierdo. Juntos debíamos aprender a integrar el sufrimiento. Y en eso, Juan Bosco era un maestro.
Así fue cómo hice mía su fortaleza. Desde aquel día, cada página escrita a través de mi cristal agrietado y de sus ojos fatigados, tenía el sabor del esfuerzo. Salía de aquella pequeña habitación, llegaba a la imprenta, se imprimía y distribuía… y hacía nido en el corazón de miles de personas a las que nunca conocí, pero a las que siempre intuí.
A pesar de mi cristal cuarteado, contribuí a que los escritos de mi dueño llegaran mucho más lejos de lo que sus ojos podían atisbar. ¿Y yo…? Yo abandoné la vida triste a la que me obligaba el color frío y azul de mis cristales. Aprendí de Don Bosco a mirar la vida con el color cálido de los afectos.
Nota. Abril de 1864. Los ojos de Don Bosco presentan gran fatiga. Los médicos le prescriben unos «anteojos de cristales azules»; remedio de la época para paliar la irritación ocular y mitigar la claridad de la luz. Los usó tan solo en su habitación. Esta dificultad no le impidió seguir escribiendo (MBe VII, 548).




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