Nuevos tiempos, nuevas pobrezas, ¿nuevas respuestas?

19 enero 2024

Hace muchos años que se acuñó el término nuevas pobrezas para hacer referencias a otro tipo de carencias en grupos y personas, más allá de la necesidad económica. Así que, para empezar, de nuevas pobrezas, nada.

Hace unas semanas, viendo el trabajo que hacían los voluntarios de Cáritas de mi parroquia, recordaba a mi abuela Cande, que en los años 90 realizaba exactamente lo mismo: pedir alimentos, almacenarlos y organizarlos en estanterías, preparar cajas y entregar los alimentos a las mismas personas mes tras mes, año tras año, generación tras generación.

Sé que esto es una generalización, así que me disculpen aquellas personas que en Cáritas realizan otro tipo de tareas o participan en otro tipo de proyectos, pero, sin lugar a dudas, de lo que quiero hablar es de lo que existe en la mayoría de parroquias: un reducido grupo de personas muy adultas, voluntarias y generosas, encargadas de almacenar y repartir alimentos a las personas que pertenecen al territorio de su parroquia y demandan ayuda demostrando su pertenencia al territorio y la ausencia de ingresos u otras ayudas.

Hay dos cosas muy importantes que considerar, antes de continuar con esta reflexión: Cáritas no es una entidad ligada a la Iglesia, son los propios miembros de una comunidad cristiana en acción solidaria. Y, en segundo lugar, Cáritas llega y cubre las necesidades más urgentes que ninguna administración y su burocracia llegan a satisfacer, es decir, la caridad sigue atendiendo a las personas porque la garantía de los derechos no es eficaz.

Asumida la premisa de la generalización, me gustaría compartir mi reflexión sobre el amplio abanico de posibilidades de la intervención de Cáritas en nuestras parroquias, más allá de la entrega de alimentos.

Nuestras propias fundaciones y ONG realmente no lo son (me refiero a que no son no-gubernamentales). En la mayoría, más del 80 por ciento de los ingresos proceden de las administraciones públicas, por lo que viven sometidas a realizar intervenciones para lo que son financiadas. Esto en Cáritas no sucede, puesto que más del 70 por ciento de los ingresos proceden del ámbito privado. Esto permite dedicarse a cubrir las necesidades que se detectan y no a cubrir las necesidades que detectan los políticos. Las comunidades cristianas, maestras en comunión (deberían serlo), pueden generar sinergias en el territorio precisamente por la extensa implantación de la Iglesia. Imagina qué cantidad de recursos humanos y materiales pueden movilizar los grupos parroquiales de Cáritas de una gran ciudad. Está claro que juntos, somos más fuertes.

Pasar página a la indignidad y cronificación. Ha quedado obsoleto eso de organizar largas colas de gente con carritos en las puertas de las iglesias, a la vista de todos, esperando recibir los alimentos. Y también ha quedado demostrado que es inútil (en vistas a la promoción) afiliar durante años a una familia que viene a recoger una caja de alimentos una o dos veces al mes. Una cuestión más a considerar es la cantidad de alimentos que se entregan y que acaban en la basura, bien porque no son productos que se consuman en las familias beneficiarias o bien porque no son aptos a las edades o circunstancias de los miembros de la familia.

Muchas veces más no es mejor. A medio o largo plazo qué resulta más inclusivo, ¿entregar una cesta de comida a sesenta familias o cubrir de golpe las carencias de cuatro o cinco familias para que puedan reiniciar una nueva etapa? (Pagos de alquiler, suministros, movilidad, formación, pagar un permiso de conducir, ofertas de trabajo…)

Más allá de la carestía económica, también hay otras pobrezas que no son nuevas y que además no requirieren de grandes estructuras ni grandes recursos económicos para poder atenderlas. Con algo de tiempo y generosidad se pueden atender a las personas mayores que viven solas y necesitan algo de compañía; se pueden acompañar a personas mayores o con movilidad reducida para salir a pasear o hacer la compra; se pueden organizar clases de español para personas extranjeras; se puede mediar en la búsqueda de empleo o alquiler de vivienda; se pueden impartir cursos de cocina o habilidades domésticas para jóvenes; se puede promover bolsas del tiempo, donde se haga coincidir ofertas de voluntariado con demandas de ayuda puntual para actividades concretas, etc.

La Iglesia ha demostrado, a lo largo de los siglos, la iniciativa suficiente para llegar a las personas, especialmente las más necesitadas o vulnerables. Atender a las personas con necesidad no es algo secundario o accesorio en la comunidad cristiana, es una cuestión constitutiva e identitaria. Es necesario dar el salto para pasar “de la cronificación de la dependencia a la caridad, a la creatividad de la promoción y al desarrollo integral”, siendo inteligentes e innovadores, y en nuestro caso, como salesianos, educadores.

1 Comentario

  1. Miguel

    Buena reflexión. Es mucho más sencillo atender a necesidades puntuales, que abordar el problema de la pobreza desde una perspectiva más amplia. Porque entonces hay que meterse con las causas de la pobreza, y ahí empieza a complicarse la cosa. El Capítulo General Especial ya decía, en 1970: «…no bastan los remedios inmediatos, sino que hace falta actuar sobre las causas profundas de tal situación». (nº67). Esto implica formación; una aproximación más amplia; y meterse en líos.
    El papa Francisco también alude a eso cuando alerta sobre «justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres» (E.G, 218). En la «Fratelli tutti» habla de la «caridad política», que va mucho más allá de las iniciativas individuales. En fin, que queda mucho por reflexionar y hacer. Gracias por esta aportación. Podría ser un tema para próximos encuentros.

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